Arquitectos con cerebro disperso: de Gaudí a Hadid
Gaudí, Wright, Hadid, Gehry, Calatrava. Cinco arquitectos que no se conformaban con ángulos rectos. Qué tienen en común sus cerebros y el TDAH.
Gaudí murió atropellado por ir pensando en otra cosa.
Wright seguía diseñando a los 90.
Hadid diseñaba edificios que parecían imposibles de construir. Gehry construía con titanio cosas que parecían hechas de papel arrugado. Calatrava hace puentes que parecen esculturas y nadie sabe si admirarlos o cruzarlos.
Cinco arquitectos. Cinco cerebros que no se conformaban con ángulos rectos.
¿Qué tienen en común los arquitectos que diseñan cosas que nadie más se atreve a imaginar?
La arquitectura convencional tiene reglas. Planos cuadriculados. Presupuestos. Estructuras que funcionan porque siempre han funcionado así. Un arquitecto "normal" coge un terreno, coge las necesidades del cliente, y construye algo que cumpla los requisitos dentro de los parámetros establecidos.
Lo que hicieron estos cinco no encaja en esa descripción.
Gaudí diseñó la Sagrada Familia en 1883 y calculó que tardaría dos siglos en terminarse. Eso no es planificación. Eso es una obsesión de dimensiones que van más allá de la vida de una persona. Diseñó columnas que imitan árboles, fachadas que parecen estalactitas, techos que parecen bosques petrificados. Y todo calculado a mano, sin ordenador, con modelos de yeso que colgaba del techo al revés para calcular las tensiones por inversión de fuerzas.
El tío no llegaba tarde a las reuniones. No llegaba al trabajo. Llegaba a donde sea que su cabeza le mandara ese día.
Wright diseñó más de mil edificios a lo largo de setenta años. No ralentizó. No repitió. Cada proyecto era una exploración nueva. Fallingwater, con sus terrazas suspendidas sobre una cascada, la sigue pensando cuando tiene 67 años. El Guggenheim de Nueva York, lo firma cuando tiene 91 y lleva 16 años sin parar de revisarlo.
A los 90 seguía diciéndole a sus estudiantes que la arquitectura sin imaginación era decoración glorificada.
Hadid y el problema de construir lo que no debería existir
Zaha Hadid pasó más de una década diseñando proyectos que ganaban concursos y luego nadie construía. Demasiado radical. Demasiado caro. Demasiado difícil. Demasiado lo-que-sea-que-sirva-de-excusa-para-no-hacerlo.
Primer edificio construido: 1993. Llevaba en el sector desde los años 70.
Hay algo en eso que resuena si tienes un cerebro que genera ideas a una velocidad que el mundo no puede procesar. Las ideas no son el problema. El problema es el tiempo que tarda la realidad en ponerse al día. Y la pregunta de si vas a aguantar esperando.
Hadid aguantó. No porque fuera fácil. Porque no tenía otra opción que no fuera rendirse, y renunciarse no estaba en su vocabulario.
Cuando por fin empezaron a construirle cosas, cambió la arquitectura. El Centro Heydar Aliyev en Bakú. La ópera de Guangzhou. El estadio Al Wakrah. Edificios que parecen haber llegado de un futuro que todavía no existe. Curvas que desafían la intuición estructural. Espacios que fluyen en lugar de dividirse.
Su software de diseño tenía que ser nuevo porque el software existente no podía representar lo que ella imaginaba.
Cuando la realidad no alcanza tu cabeza, cambias la realidad.
Gehry: el arquitecto que decidió que el titanio podía arrugarse
Frank Gehry pasó la primera mitad de su carrera siendo un arquitecto más o menos normal y sintiéndose profundamente incómodo con eso.
Luego empezó a construir con materiales industriales, cadenas de eslabones, contrachapado sin lijar, cosas que en arquitectura no se usaban. Su propia casa en Santa Mónica la reformó envolviendo la estructura original en un caparazón de metal corrugado y cristal roto. Los vecinos lo odiaron. Él estaba encantado.
El Guggenheim de Bilbao, 1997, es el punto de inflexión. Titanio curvado que refleja la luz de forma diferente a cada hora del día. Una estructura que desde fuera parece imposible de haber calculado con lápiz y papel. Y que sin embargo funciona. Y que sin embargo es visitable, disfrutable, habitable.
Wright y Gaudí son los obsesivos del detalle perfecto
Calatrava y los puentes que no necesitan ser puentes
Santiago Calatrava es ingeniero, arquitecto y escultor. Las tres cosas al mismo tiempo, no en orden. Sus puentes son estructuras que funcionan como puentes y se experimentan como esculturas.
El Puente de la Mujer en Buenos Aires. El Auditorio de Tenerife. La Ciudad de las Artes y las Ciencias en Valencia. El Oculus en Nueva York.
El Oculus tardó más de doce años en construirse. El presupuesto inicial era de 2.000 millones de dólares. El final rondó los 4.000. Fue criticado de todas las formas posibles. Y aun así, cuando entras en él, hay algo que no puedes ignorar: que estás en un espacio que alguien imaginó de verdad, no que alguien calculó como mínimo viable.
Cuando a Calatrava le dicen que sus edificios son caros y se retrasan, su respuesta habitual es que la arquitectura que dura es cara de entrada y más barata a largo plazo. No sé si tiene razón económicamente. Pero sé que es el tipo de argumento que construye alguien que piensa en escalas de tiempo que no encajan en una hoja de cálculo trimestral.
El patrón que aparece cuando miras los cinco juntos
Wright contra Gaudí: dos maneras de ser obsesivo
Ninguno de ellos encontró fácil encajar en las expectativas del sector. Gaudí era tan raro que lo dejaban trabajar solo porque nadie podía seguirle el ritmo mental. Wright tenía un ego de dimensiones bíblicas y una incapacidad total para aceptar que alguien le dijera cómo debía hacer su trabajo. Hadid tardó décadas en que alguien le construyera algo. Gehry tuvo que inventarse un lenguaje nuevo. Calatrava lleva años en litigios con clientes que no entendían en qué se habían metido.
Todos ellos compartían algo que en arquitectura convencional sería un problema: la incapacidad de aceptar "suficientemente bueno" como respuesta.
No porque fueran perfeccionistas en el sentido clínico, aunque algunos lo eran. Sino porque su cerebro generaba imágenes de lo que algo podría ser y no podía ignorar esa imagen por el bien del presupuesto o del calendario.
Eso es agotador para los que trabajan con ellos. Es costoso para los clientes. Es frustrante para los reguladores. Y produce los edificios que siguen existiendo dentro de cien años cuando todo lo demás ya ha sido demolido y reconstruido tres veces.
Por qué importa esto más allá de la arquitectura
La mayoría no va a diseñar edificios. Pero el patrón que hay debajo de estos cinco no es exclusivo de la arquitectura.
Es el patrón de un cerebro que no puede procesar el mundo en línea recta. Que ve posibilidades donde otros ven obstáculos. Que necesita explorar el problema completo antes de empezar a resolverlo, lo que a menudo parece ineficiencia y a veces es exactamente eso, pero otras veces produce soluciones que ningún camino directo habría encontrado.
Gaudí murió atropellado por un tranvía porque iba pensando en sus columnas. Es una historia triste y es también la historia de un cerebro que literalmente no podía desconectarse del problema en el que estaba trabajando.
Si reconoces algo de eso en cómo funciona tu cabeza, en esa incapacidad de dejar un problema en paz, en esa tendencia a ver lo que podría ser en lugar de conformarte con lo que es, puede que no sea un defecto.
Puede que sea exactamente lo que hace posible que exista la Sagrada Familia.
Si tu cerebro no para de imaginar cómo podrían ser las cosas y eso a veces te ayuda y a veces te desordena la vida, puede que valga la pena entender cómo funciona.
Los rasgos que mencionamos aquí son públicos y documentados, pero no constituyen diagnóstico. El TDAH se evalúa en consulta, no en un artículo.
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