Pasé tres años haciendo lo que no funcionaba porque era lo que siempre había hecho
El mayor error de muchos emprendedores no es tomar malas decisiones. Es seguir ejecutando las mismas decisiones malas porque ya las conocen. Aquí está el.
Hay un tipo de error que no se ve como error.
Se ve como constancia. Se ve como metodología. Se ve como "así es como yo trabajo" o "este es mi proceso". Y porque tiene nombre propio, porque tiene forma de hábito, nadie lo identifica como lo que es: una cagada que llevas repitiendo tanto tiempo que ya le has puesto marca personal.
Yo tuve uno durante tres años seguidos.
Lanzaba cosas sin validar que alguien las quería. No por ignorancia. Había leído suficiente sobre validación como para saber que era necesaria. Lo hacía igualmente porque validar requería conversaciones incómodas con gente real, y construir el producto no. Construir el producto era cómodo. Familiar. Estimulante para el cerebro.
El resultado era siempre el mismo. Producto terminado, audiencia inexistente, ventas entre cero y nada.
Tres años. El mismo ciclo.
¿Por qué seguimos haciendo lo que no funciona?
Porque lo conocemos.
Lo desconocido genera ansiedad. Lo conocido, aunque sea malo, genera seguridad. Y cuando tienes un cerebro que ya de por sí está gestionando más estímulos de los que puede procesar, la seguridad de lo familiar es un alivio.
No lo eliges conscientemente. Tu cerebro lo elige por ti. Va a lo que ya sabe hacer porque ya sabe hacerlo bien. Aunque hacerlo bien no implique que funcione.
El síndrome del impostor tiene una cara conocida y una cara menos conocida. La conocida es "no me creo que pueda hacer esto". La menos conocida es "sé hacer esto pero sé que no funciona y lo sigo haciendo porque al menos sé hacerlo". Las dos son formas de autosabotaje. La segunda es más difícil de detectar porque se disfraza de expertise.
¿Cuándo te das cuenta de que llevas años en el bucle equivocado?
Generalmente cuando alguien de fuera lo señala.
No tu círculo cercano, que ya se ha acostumbrado a tu forma de trabajar y no la cuestiona. Alguien nuevo. Un mentor, un cliente, un conocido que escucha tu situación por primera vez y dice algo que te parece evidente solo porque viene de fuera.
Eso o cuando las cuentas no cuadran de forma sostenida durante suficiente tiempo como para que ya no puedas culpar a las circunstancias. Cuando la variable constante en todos los fracasos eres tú y tu proceso, la conclusión es incómoda pero inevitable.
El problema es que el bucle es cómodo hasta que deja de serlo. Y cuando deja de serlo, suele ser porque ya ha costado demasiado.
¿Cuánto tiempo es demasiado tiempo haciendo lo mismo mal?
Depende de lo que te esté costando.
Si lo que no funciona no tiene un coste real, puedes dejarlo correr un tiempo mientras piensas. Si lo que no funciona te está costando dinero, energía o relaciones, cada mes que pasa multiplica el precio de la lección.
La pregunta útil no es "¿debería cambiar esto?". Es "¿cuánto me está costando no cambiarlo?". Pon número. Horas, dinero, oportunidades perdidas. Cuando el número es concreto, la decisión es menos filosófica y más obvia.
¿Cómo sales del bucle sin tirarlo todo?
Cambiando una sola variable.
No rediseñes todo el negocio. No pivotes a un sector nuevo. No te reinventes de cero porque ese movimiento suele ser otra forma de evitar el problema real.
Cambia la variable que estás seguro de que está fallando. Solo esa. Y dale tiempo suficiente para ver si el resultado cambia.
En mi caso era validar antes de construir. Solo eso. El resto del proceso podía quedarse igual. Cambié ese paso y el ciclo se rompió en el siguiente intento.
Llevaba tres años evitando una conversación incómoda con clientes potenciales. Tres años y varios productos construidos para nadie.
La conversación incómoda duró veinte minutos.
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