Alex Honnold: escalar sin cuerda con un cerebro que no registra miedo

914 metros de roca vertical sin cuerda, sin protección, sin red. Su amígdala no se activa. ¿Locura, genialidad o un cerebro cableado diferente?

El 3 de junio de 2017, Alex Honnold empezó a subir El Capitán en Yosemite.

Solo.

Sin cuerda. Sin arnés. Sin mosquetones. Sin absolutamente nada que le separara del suelo excepto sus dedos, sus pies de puntillas sobre salientes de roca del grosor de un bolígrafo, y 914 metros de vacío debajo.

Tardó 3 horas y 56 minutos. El mismo recorrido que los mejores escaladores del mundo hacen en varios días con todo el equipo de seguridad posible.

El documental que grabaron ese día ganó el Oscar en 2019.

Y la pregunta que se hizo todo el mundo al verlo no fue "¿cómo ha entrenado?" ni "¿qué técnica usa?" La pregunta fue mucho más básica: ¿cómo puede alguien hacer eso sin entrarle el pánico de su vida?

¿Qué hace diferente el cerebro de alguien que escala sin cuerda?

Los científicos se hicieron la misma pregunta. Así que lo metieron en un escáner.

Le enseñaron imágenes perturbadoras. Situaciones de peligro. Las cosas que hacen que a cualquier persona normal se le dispare la amígdala, que es la parte del cerebro encargada de registrar el miedo y mandar la señal de "huye ahora mismo o te mueres".

En Alex Honnold: nada.

La amígdala no se activó. O casi nada. Como si las imágenes le llegaran y el cerebro las procesara con la misma urgencia que si le estuvieras enseñando una foto de un plato de macarrones.

No es que Alex Honnold sea valiente. La valentía existe cuando hay miedo y lo superas igualmente. Alex Honnold no tiene que superar nada porque el miedo, en los términos en que la mayoría lo experimenta, sencillamente no llega.

Su amígdala necesita estímulos que a la mayoría nos mandarían directamente al hospital para activarse. El peligro extremo, donde otros sienten pánico, a él le parece... normal. Manejable. Incluso aburrido si no es suficientemente extremo.

¿Locura o algo que reconoces?

Aquí es donde esto se pone interesante.

Porque lo que describen los neurocientíficos sobre el cerebro de Honnold no es tan diferente de lo que describen sobre ciertos cerebros con TDAH: la búsqueda constante de estimulación elevada, la dificultad para procesar el riesgo de la misma forma que el resto, la necesidad de subir el umbral para sentir algo.

La diferencia es que Honnold encontró El Capitán.

La mayoría de personas que funcionan así no escalan paredes de 900 metros. Hacen otras cosas. Cambian de proyecto cada tres semanas. Se meten en negocios que parecen imposibles. Conducen demasiado rápido en la autovía. Se aburren en trabajos normales con una velocidad que no tiene explicación racional. Necesitan que algo les importe de verdad para poder hacer cualquier cosa.

Honnold, en cambio, encontró la actividad perfecta para un cerebro que necesita estímulos extremos para funcionar. Y la ejecutó con una precisión que deja sin palabras.

El hiperfoco que lo hizo posible

Hay un detalle del que poca gente habla cuando se cuenta la historia de El Capitán: la preparación.

Durante años antes de ese ascenso, Honnold recorrió cada centímetro de esa pared cientos de veces. Con cuerda. Sin cuerda. De noche. De día. En distintas condiciones. Memorizó cada saliente, cada fisura, cada secuencia de movimientos, cada punto donde sus dedos irían exactamente y cómo.

Llevaba un diario donde anotaba cada movimiento problemático. Cada zona donde fallaba. Cada ajuste que tenía que hacer. Lo revisaba, lo practicaba, lo volvía a revisar.

Eso no es disciplina normal. Eso es hiperfoco puro. La capacidad de dedicar horas y horas de atención obsesiva a algo que te importa de una manera que a los de fuera parece irracional.

La misma persona que probablemente se olvida de responder mensajes, que vive en una furgoneta porque el piso normal le aburre, que tiene dificultades para sostener conversaciones sociales sobre temas que no le importan, esa misma persona puede meterse dentro de una pared de roca con la mente y no salir de ahí durante meses.

Es el mismo patrón que ves en deportistas con TDAH que se vuelven leyenda: no es que no tengan límites. Es que sus límites solo aparecen en las cosas que no les activan el cerebro. En las que sí, no hay techo.

La furgoneta, la introversión y el mundo paralelo

Algo más sobre Alex Honnold que no encaja con la imagen de un héroe de acción hollywoodiense: es profundamente introvertido, vive en una furgoneta desde hace años por elección propia, y tiene fama de ser incómodo en situaciones sociales convencionales.

En el documental Free Solo aparece su entonces novia hablando de lo difícil que es tener una relación emocional real con él. Que parece estar siempre en otro sitio. Que conectar emocionalmente es complicado. Que el mundo exterior, el mundo de las cenas, las conversaciones de sofá, los planes normales, le resulta extraño.

El mismo tío que puede pasarse horas memorizando movimientos en una pared vertical con una concentración total no consigue sostener del todo la atención en una conversación de salón.

No es frialdad. No es que no le importe. Es que su cerebro tiene una frecuencia diferente. Y las cosas del mundo normal no siempre sintonízan con ella.

Tony Hawk hacía algo parecido con el monopatín. Horas y horas obsesionado con un truco hasta dominarlo, en un bucle que desde fuera parece irracional pero desde dentro es lo único que tiene sentido. Con Honnold es lo mismo, pero aplicado a paredes de granito de 900 metros.

Lo que su cerebro te dice sobre el tuyo

Alex Honnold no tiene un diagnóstico público de TDAH.

Pero mira la lista: necesidad de estimulación extrema para sentir algo, hiperfoco obsesivo en lo que le importa, procesamiento del riesgo diferente al de la mayoría, dificultades en las relaciones sociales convencionales, estilo de vida minimalista y fuera del estándar, preferencia por estar dentro de su cabeza antes que en el mundo social.

No digo que sea TDAH. Digo que el patrón es difícil de ignorar.

Y lo que sí es seguro es esto: hay cerebros que necesitan más para activarse. Que se aburren donde otros están cómodos. Que no entienden el miedo donde otros sienten pánico. Que pueden concentrarse durante horas en algo que les importa y no pueden prestar atención ni cinco minutos en algo que no les activa.

Eso no es un defecto. Es una configuración diferente.

El problema es que la mayoría de personas con esa configuración no han encontrado su El Capitán. No han dado con la actividad o el proyecto que hace que su cerebro funcione exactamente como está diseñado para funcionar.

Algunos lo encuentran tarde. Otros nunca lo encuentran. Muchos van por la vida sintiéndose raros, lentos, incapaces de concentrarse en lo que se supone que deben concentrarse, sin entender que no es que haya algo roto, es que el sistema operativo no encaja con las aplicaciones que el mundo les quiere instalar.

Honnold encontró el suyo a los 10 años, cuando empezó a escalar. Y a partir de ahí fue una línea recta hasta el momento en que se plantó al pie de El Capitán con las manos desnudas y empezó a subir.

El hiperfoco que le permitió memorizar cada milímetro de esa pared también le genera dificultades en los aspectos de la vida que no le activan. Como Phelps memorizando cada vuelta en la piscina durante años hasta que fue el mejor en hacer algo que nadie había hecho antes.

El cerebro que no registra el miedo de forma normal no es un cerebro defectuoso. Es un cerebro que necesita un contexto diferente para mostrar lo que puede hacer.

El asunto es encontrar ese contexto antes de que el mundo te convenza de que el problema eres tú.

Si llevas tiempo sintiéndote raro, aburrido donde otros están bien, incapaz de concentrarte en lo normal pero capaz de obsesionarte con lo que te importa, puede que no sea un problema de actitud. Puede que sea algo que merece la pena entender.

Identificar patrones en figuras públicas ayuda a normalizar el TDAH, pero no sustituye una evaluación profesional.

Hacer el test de TDAH

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