Valentino Rossi: 9 mundiales y la sonrisa de un niño en cada carrera
9 títulos mundiales, 26 temporadas en la élite. Rossi no competía por ganar. Competía porque sin la moto su cerebro se apagaba. ¿TDAH?
9 títulos mundiales de MotoGP. 26 temporadas en la élite. Y en cada carrera, esa sonrisa de crío que acaba de hacer una travesura.
Rossi no competía por ganar.
Competía porque sin la moto su cerebro se apagaba.
¿Por qué algunos cerebros necesitan la adrenalina de competir para funcionar?
Cuando Valentino Rossi ganaba, no hacía lo que hace la mayoría de los campeones. No levantaba el puño con cara seria. No señalaba al cielo con solemnidad. No soltaba el discurso de agradecimiento con lágrima incluida.
Valentino se bajaba de la moto y montaba un espectáculo.
Caretas de pollito. Disfraces. Coreografías con sus mecánicos. Carreras de karts improvisadas en la recta de meta. Una vez llegó vestido de pirata. Otra vez de astronauta. Otra vez organizó una fiesta con toda la parrilla ahí mismo, en el asfalto, mientras los equipos de comunicación intentaban hacer entrevistas serias.
No era imagen de marca. No era marketing. Era lo que pasaba cuando un cerebro que lleva dos horas funcionando a 300 km/h de repente no tiene nada en lo que descargarse.
La moto era el regulador. Sin la moto, necesitaba inventarse otra cosa.
Los 26 años que no tienen explicación racional
Rossi compitió en Moto GP hasta los 42 años. No en un equipo satélite para ir a puntuar de vez en cuando. En equipos punteros, contra pilotos que cuando él ganó su primer mundial aún estaban en el cole.
La mayoría de los pilotos de élite llegan hasta los 32, 33. Con suerte 35. El cuerpo empieza a dar señales. Los reflejos bajan. El miedo, que en los 20 no existe, empieza a aparecer cuando ya has visto lo que puede pasar cuando algo falla a esa velocidad.
Rossi siguió. No porque no supiera que el cuerpo envejece. Sino porque su cerebro literalmente no encontraba otra cosa que le diera lo mismo que la moto.
Lo dijo él, con esa franqueza italiana que no deja mucho margen a la interpretación: "Cuando no corro, me aburro. Me pongo nervioso. No sé qué hacer."
Un hombre con 9 títulos mundiales. Con más dinero del que puede gastar. Con fama, con amigos, con una vida que cualquier otro envidiaría. Y su mayor problema era que sin la moto no sabía estar quieto.
Eso no es falta de aficiones. Eso es un cerebro que necesita un estímulo de ese calibre para funcionar con normalidad.
El niño que nunca se fue
Hay algo que distingue a Rossi de la mayoría de campeones. No es solo que ganara más. Es cómo ganaba.
Con una despreocupación que resultaba escandalosa. Como si competir fuera lo más natural del mundo y la presión fuera algo que les pasaba a los demás.
Sus rivales estudiaban estrategias, ajustaban configuraciones, planificaban carreras con la cabeza fría. Rossi llegaba al paddock hablando de fútbol, bromeaba con los mecánicos, se echaba una siesta y luego salía a ganar.
No es que no se preparara. Es que su cerebro en la moto hacía exactamente lo que mejor sabe hacer un cerebro hiperactivo: hiperfocalizarse. Cuando el estímulo es suficientemente grande, suficientemente intenso, suficientemente inmediato, ese tipo de cerebros no necesita motivarse. La atención llega sola.
El problema es cuando el estímulo desaparece.
Fuera de la moto, Rossi era el tío que necesitaba tener algo entre manos constantemente. El ranch donde entrenaba con amigos en motos de tierra. Las carreras de coches en el Mundial de Resistencia. Los proyectos de equipo. Las actividades con la Academia VR46, donde metió a docenas de pilotos jóvenes a los que entrena, supervisa y hace competir unos contra otros.
Siempre algo. Siempre movimiento.
Fernando Alonso tiene exactamente el mismo patrón
La velocidad como medicación natural
Hay estudios que vinculan la búsqueda de adrenalina con el TDAH. No es que todos los que buscan emociones fuertes tengan TDAH. Pero sí hay una correlación bastante clara entre cerebros que regulan mal la dopamina y cerebros que buscan estímulos intensos para compensar.
La adrenalina dispara dopamina. Rápido, intenso, inmediato. Exactamente lo que un cerebro con déficit de dopamina necesita para sentirse normal.
Travis Pastrana lo describe casi en los mismos términos que Rossi
Para Rossi, la moto era eso. No un vehículo. Un regulador neurológico con ruedas y 200 CV.
Y cuando lo entiendes así, los 26 años de carrera dejan de ser una hazaña de disciplina y pasan a ser algo diferente: la historia de un hombre que encontró muy pronto la única cosa que hacía que su cerebro funcionara bien, y que se aferró a ella todo lo que pudo.
Lo que Rossi dice sin saber que lo dice
Valentino Rossi no tiene un diagnóstico público de TDAH. Nunca ha hablado de ello de forma explícita. Y puede que no tenga ningún diagnóstico porque nunca lo haya buscado, o porque a principios de los 2000 nadie pensaba en eso cuando veía a un chaval de 20 años ganando mundiales.
Pero lo que sí ha dicho, en múltiples entrevistas a lo largo de su carrera, pinta un cuadro bastante claro.
La incapacidad de quedarse quieto. El aburrimiento que se convierte en problema físico. La necesidad de crear situaciones de alto voltaje aunque sea fuera de la pista. La dificultad para imaginar una vida sin esa intensidad.
"Vivir sin correr sería como no vivir del todo."
Es una frase de Rossi, no de un manual de TDAH. Pero podría estar en cualquiera de los dos.
Hamilton y Senna tenían el mismo problema para desconectar
Lo que Valentino te dice sobre tu propio cerebro
Si eres de los que no pueden estar sin un proyecto entre manos. De los que el fin de semana sin plan se convierte en ansiedad. De los que en vacaciones ya están pensando en qué van a hacer cuando vuelvan.
Puede que no sea que eres un adicto al trabajo. Puede que tu cerebro simplemente necesite un nivel de estimulación que la vida cotidiana no da por defecto.
Rossi lo encontró en la moto. Otros lo encuentran en otros sitios.
El problema no es necesitar el estímulo. El problema es no entender por qué lo necesitas y pasar décadas buscándolo sin saber exactamente qué estás buscando.
Porque si sabes cómo funciona tu cerebro, puedes elegir dónde poner esa energía. En lugar de que ella te lleve a ti.
Si te identificas con esa necesidad de estímulo constante, esa dificultad para estar quieto, ese cerebro que se apaga cuando no hay nada interesante, puede que valga la pena entender por qué.
Identificar patrones en figuras públicas ayuda a normalizar el TDAH, pero no sustituye una evaluación profesional.
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