El perfeccionismo no te protege del fracaso. Te garantiza el fracaso lento.

Crees que esperar a que esté perfecto te salva de quedar en ridículo. Pero el perfeccionismo no es estándar alto. Es miedo disfrazado de exigencia.

Mi primer curso online tardó once meses en salir.

No once meses de trabajo intenso. Once meses de retocar lo mismo, grabar otra vez, cambiar la estructura, volver a grabar, mover módulos de sitio, ajustar el nombre, ajustar el precio, ajustar el color de las diapositivas. Once meses en los que el producto no salió y, por lo tanto, no vendió nada.

Lo llamaba "querer que esté bien". Lo que era, en realidad, era miedo puro con corbata.

¿Por qué confundes el perfeccionismo con profesionalidad?

Hay una narrativa muy cómoda en el mundo del emprendimiento. La del artesano que no saca su obra hasta que está lista. La del que tiene estándares altos. La del que no acepta mediocridades.

Es una narrativa bonita. Y es una mentira que te estás contando para no lanzar.

Porque el estándar alto de verdad existe. Pero el perfeccionismo que paraliza no tiene nada que ver con los estándares. Tiene que ver con lo que le va a parecer a la gente. Con lo que va a decir ese colega del sector que sabe mucho. Con la posibilidad de que alguien lo vea y piense que no eres tan bueno como aparentas ser.

No es exigencia. Es ego. Es tu imagen antes que tu negocio.

Y mientras tanto, el que lanzó con la versión imperfecta hace ocho meses ya tiene clientes reales, feedback real y un producto mejor que el tuyo porque lo ha mejorado con gente real usando la cosa real.

¿Qué te está costando esperar?

Esto es lo que nadie calcula cuando está en modo perfeccionismo. El coste de no lanzar.

Mientras retocas la landing por décima vez, hay personas que tienen ese problema ahora mismo y están buscando una solución ahora mismo. No dentro de dos meses cuando tú estés "listo". Ahora. Y como no encuentran la tuya, encuentran la de otro.

Cada día que no vendes es un día que no cobras. Cada mes sin lanzar es un mes sin aprender qué funciona de verdad. El primer lanzamiento que no vende nada duele, sí. Pero enseña más en 72 horas que once meses de perfeccionismo en la cabeza.

El perfeccionismo tiene el coste de oportunidad más alto que existe en el emprendimiento. Pero como es un coste invisible, no lo ves. No está en tu cuenta bancaria como número negativo. Está en todo lo que podría haber pasado y no pasó.

¿En qué se nota que tu perfeccionismo es miedo y no estándar?

Hay una prueba sencilla. Pregúntate: ¿a quién le estoy pidiendo permiso para lanzar?

Si la respuesta es "a nadie, solo quiero que esté bien", sigue preguntando. ¿Bien para quién? ¿Bien comparado con qué? ¿Quién es el árbitro de ese "bien"?

Siempre hay alguien en tu cabeza. Un referente del sector. Un crítico imaginario. Tu yo de hace cinco años. Alguien cuya aprobación estás buscando aunque nunca lo hayas admitido en voz alta.

El estándar de verdad tiene un cliente real al que va dirigido. El perfeccionismo tiene una audiencia imaginaria a la que quieres impresionar.

Y lo peor es que esa audiencia imaginaria ni va a comprar el producto ni va a reconocer el esfuerzo. Es una fantasía que te cuesta dinero real.

¿Cómo sales del bucle sin bajar el listón?

Primero, separar las dos cosas. Hay cosas que sí importan antes de lanzar. Que el producto funcione. Que no prometas lo que no puedes cumplir. Que el pago procese bien. Eso es estándar mínimo viable, no perfeccionismo.

El resto es decoración.

Segundo, ponerte una fecha de muerte. No "cuando esté listo". Una fecha en el calendario. Y tratarla como si fuera un vuelo. Los vuelos no esperan a que estés cómodo. Se van.

Si te cuesta emprender con TDAH ya de por sí, añadir el perfeccionismo encima es como jugar con una mano atada a la espalda y la otra agarrando el teléfono.

Lanza. Arregla después. Es el único orden que funciona.

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