No puedo dejar pasar una discusión aunque sea mejor callarme

Sabes que lo mejor es callarte. Lo sabes. Pero tu boca ya está hablando. Y luego viene el arrepentimiento.

Estoy en una cena con amigos. Alguien dice algo incorrecto. No ofensivo. No grave. Solo incorrecto. Y mi cerebro lo detecta como si fuera una alarma de incendios. Y antes de que pueda pensar "no merece la pena", ya estoy corrigiendo. Y no estoy corrigiendo suave. Estoy corrigiendo con datos, con argumentos, con esa intensidad que hace que la mesa se quede un poco en silencio.

Y en algún punto de mi monólogo, veo la cara de mi novia. Y esa cara dice, sin pronunciar una sola palabra: "Lo estás haciendo otra vez."

Y lo sé. Lo sé mientras lo hago. Pero no puedo parar.

¿Por qué no puedo dejar las cosas estar?

Esta es la pregunta del millón. Porque no es que no sepa que debería callarme. Lo sé. Lo sé perfectamente. Hay una parte de mi cerebro que está gritando "para, cierra la boca, no merece la pena, es una cena con amigos y estás convirtiendo esto en un debate parlamentario". Pero esa parte habla en susurros. Y la otra parte, la que necesita responder, la que necesita ser escuchada, la que no puede dejar pasar algo incorrecto, esa grita.

No es orgullo. No es que crea que siempre tengo razón (aunque a veces sí la tengo, no te voy a engañar). Es que mi cerebro procesa una discusión como un problema que necesita resolverse. Ahora. En este momento. Y hasta que no se resuelve, no me deja tranquilo.

Es como tener una pestaña abierta en el navegador que no puedes cerrar. Está ahí, consumiendo recursos, haciendo ruido, y no se va hasta que la atiendes. Y la única forma de atenderla es contestar.

El coste de no poder callarte

Pues mira, el coste es alto. Más alto de lo que parece.

Porque cada vez que entras en una discusión que podrías haber evitado, hay un coste social. La gente se cansa. Se aleja. No porque seas mala persona, sino porque discutir contigo es agotador. Y lo peor es que tú lo ves pasar. Ves cómo la gente empieza a evitar ciertos temas contigo. Ves cómo tu pareja suspira antes de darte una opinión. Ves cómo tus amigos se miran entre ellos cuando empiezas.

Y eso duele. Duele más que la discusión en sí. Porque tú no quieres ser esa persona. No quieres ser el que convierte una cena en un juicio. No quieres ser el que siempre tiene que tener la última palabra. Pero tu cerebro no te deja elegir.

Si alguna vez has sentido que hablas sin pensar y luego te arrepientes, sabes exactamente de qué va esto. No es maldad. No es egoísmo. Es un impulso que va más rápido que tu capacidad de frenarlo.

La necesidad de cierre que no cierra nada

Te voy a contar algo que descubrí a las malas.

Esa necesidad de responder, de argumentar, de no dejar pasar la discusión, viene de una necesidad de cierre. Tu cerebro necesita que la cosa se resuelva. Necesita que se llegue a una conclusión. Que alguien diga "tienes razón" o al menos que se reconozca tu punto. Sin ese cierre, el tema se queda abierto en tu cabeza. Y un tema abierto en tu cabeza es como una alarma que no se apaga.

El problema es que las discusiones no funcionan así. Las discusiones no tienen cierre limpio. La otra persona no va a decir "vaya, tienes razón, cambio de opinión". Eso casi nunca pasa. Así que sigues discutiendo, buscando un cierre que no va a llegar, gastando energía en una batalla que no tiene línea de meta.

Y mientras tanto, lo que sí se resuelve es la paciencia de la gente que te rodea.

Lo que me ha servido (y no es "aprende a escuchar")

No te voy a dar el consejo de "respira y cuenta hasta diez" porque ya lo has intentado y no funciona. Si tu cerebro pudiera esperar diez segundos, no tendrías este problema.

Lo que a mí me funciona es una pregunta muy simple que me hago en el momento: "¿Cambiar la opinión de esta persona va a mejorar mi vida?" En el 90% de los casos, la respuesta es no. Y cuando la respuesta es no, lo que hago es levantarme. Literalmente. Me levanto a por agua, voy al baño, cambio de posición. Rompo el circuito físicamente.

No es disciplina. Es ingeniería de emergencia. Es saber que mi cerebro no va a frenar solo, así que le quito el escenario.

¿Funciona siempre? No. Pero funciona más que intentar razonar conmigo mismo mientras la adrenalina está a tope. Porque cuando estás activado, razonar es la última cosa que tu cerebro puede hacer. Es como pedirle a un toro que se concentre en algo que no sea el trapo rojo.

Quizá no es tu personalidad

Mira. Esa incapacidad de dejar pasar una discusión. Esa necesidad de cierre que te lleva a discutir más de la cuenta. Esa sensación de que no controlas cuándo abres la boca y cuándo la cierras. Esa frustración de saber que todo te cuesta más, incluido algo tan básico como callarte en una cena...

Le pasa a mucha gente. Y tiene un nombre que no es "tozudo" ni "borde".

Se llama TDAH. Y la impulsividad verbal es uno de sus rasgos más comunes y menos entendidos. No es que seas conflictivo. Es que tu cerebro no tiene el freno que la mayoría de gente usa para filtrar lo que sale y lo que se queda dentro.

No es un diagnóstico. Si esto te suena demasiado, habla con un profesional. Pero deja de tratarte como si fueras un problema social. No lo eres. Eres una persona con un cerebro que funciona diferente.

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