El niño inquieto del colegio: cuando tu TDAH era 'falta de educación'
Te llamaban inquieto, vago y despistado. No era falta de educación. Era TDAH sin diagnosticar en un colegio que no sabía qué hacer contigo.
"Rubén es muy listo pero no para quieto."
Esa frase la escribió mi profesora en una nota para mis padres cuando tenía 8 años. La leí hace poco, rebuscando papeles en casa de mi madre, y me quedé mirándola un rato. Porque esa frase era el diagnóstico. Estaba todo ahí. Solo que nadie sabía leerlo.
Mi madre guardaba todas las notas del colegio en una caja de galletas. Las típicas cuartillas escritas a boli que los profesores enviaban a casa cuando algo iba mal. Y en mi caso iban bastantes. "No se concentra." "Habla demasiado en clase." "Molesta a sus compañeros." "Tiene capacidad pero no se esfuerza."
Capacidad pero no se esfuerza.
Esa fue la etiqueta que me acompañó durante toda la primaria, toda la secundaria, y buena parte de la vida adulta. No era que mi cerebro funcionara diferente. Era que no me daba la gana.
¿Inquieto o mal educado?
En los colegios de España de los 90, un niño que no paraba quieto tenía un problema de educación. Punto. No había más lectura posible. Si te movías mucho en la silla, eras maleducado. Si hablabas cuando no tocaba, eras un payaso. Si no hacías los deberes, eras un vago. Y si hacías todo eso junto, eras un caso perdido.
Nadie pensaba "quizá este niño tiene TDAH". Porque el TDAH no existía en el vocabulario de los colegios españoles de aquella época. No para los profesores, no para los padres, y desde luego no para el niño que no entendía por qué no podía hacer lo que los demás hacían sin esfuerzo.
Sentarse quieto durante 50 minutos.
Eso era lo que te pedían. Quieto, callado, mirando a la pizarra. Y para el 80% de la clase era fácil. Incómodo, aburrido, pero factible. Para un cerebro con TDAH es como pedirte que dejes de respirar. Puedes aguantar un rato. Pero tu cuerpo va a respirar, quieras o no. Y tu cerebro va a moverse, quieras o no.
Solo que cuando te mueves, el profesor te castiga. Y cuando te castigan suficientes veces, dejas de pensar que el sistema falla. Empiezas a pensar que el que falla eres tú.
¿Qué etiquetas te pusieron de niño?
Vago. Despistado. Hablador. Payaso de la clase. Nervioso. Irresponsable. "Podría pero no quiere."
Cada una de esas etiquetas es una cicatriz. Porque no te las pone un desconocido en la calle. Te las pone un adulto con autoridad, delante de toda la clase, y tus padres las refuerzan en casa sin mala intención. "Es que el profesor dice que no te concentras." "Es que tienes que esforzarte más." "Es que tus compañeros pueden y tú también."
Y tú lo intentas. Claro que lo intentas. Pero tu cerebro no funciona así. Y como no sabes que tu cerebro funciona diferente, la única conclusión posible es que algo está mal contigo. No con el sistema. No con la forma de enseñar. Contigo.
Eso se queda. Se queda tan dentro que de adulto sigues pensando que eres un desastre. Que eres vago. Que si de verdad quisieras, podrías. Que lo tuyo no es un problema de neurología sino de actitud.
Con 8 años esa idea se planta. Con 30 sigue dando frutos.
¿Cómo se diagnosticaba el TDAH en los colegios de España?
No se diagnosticaba.
Esa es la respuesta corta. En los años 80 y 90, y buena parte de los 2000, el TDAH en España era cosa de psiquiatras infantiles a los que solo llegabas si la situación era extrema. Si el niño era tan disruptivo que el colegio ya no podía con él. Si rompía cosas. Si pegaba. Si era imposible tenerlo en clase.
Pero el niño que era "solo" inquieto, que aprobaba raspando, que no daba problemas gordos pero tampoco rendía, ese niño pasaba desapercibido. O peor: ese niño era etiquetado como "mediocre". Como alguien con potencial desperdiciado. Como si desperdiciar tu potencial fuera una elección que haces voluntariamente a los 10 años.
Y las niñas ni te cuento. Porque la hiperactividad en niñas se manifiesta diferente. Menos movimiento, más distracción interna. Menos ruido, más soñar despiertas. Menos "molesta en clase" y más "vive en su mundo". Y esas niñas no solo no se diagnosticaban. Es que ni siquiera levantaban sospecha.
Toda una generación pasó por el colegio con TDAH sin saberlo. Crecimos sin diagnóstico, y muchos llegamos a adultos arrastrando las etiquetas del colegio como si fueran verdades absolutas.
El daño no es la nota. Es la historia que te cuentas.
Lo peor de las etiquetas del colegio no es el castigo. No es la nota en la agenda. No es quedarte sin recreo. Eso se olvida.
Lo que no se olvida es la narrativa.
"No valgo para estudiar." "Soy vago." "No me esfuerzo lo suficiente." "Los demás pueden y yo no."
Esa narrativa se construye ladrillo a ladrillo durante 10 o 15 años de colegio. Y cuando llegas a adulto, no cuestionas la narrativa. La asumes. Es parte de quien eres. No es una opinión sobre ti. Es un hecho. Como tu altura o tu color de pelo.
Y entonces un día, con 25 o 30 o 40 años, descubres que lo que tenías era TDAH. Que el vago no era vago. Que el despistado no era despistado por voluntad propia. Que el niño inquieto no estaba mal educado. Que su cerebro funcionaba diferente y nadie lo vio.
Y sientes alivio. Pero también rabia. Porque piensas en todos esos años. En todas esas notas. En todos esos castigos. En todas las veces que te dijeron que podías pero no querías, cuando la realidad es que querías pero no podías.
No era falta de educación. Era falta de información.
Tus padres no tenían la culpa. Tus profesores tampoco. Nadie tenía la información. El TDAH era un término que sonaba a excusa americana, a padres blandos que no sabían poner límites, a niños malcriados que necesitaban mano dura.
Y mientras tanto, tú aprendías a compensar. A sobrevivir en un sistema que no estaba hecho para tu cerebro. A sacar aprobados a base de último minuto. A esconder que no podías concentrarte porque admitirlo era admitir debilidad. A construir una versión funcional de ti mismo encima de la vergüenza.
Eso se acabó. No porque el sistema escolar haya cambiado mucho, que va poco a poco. Sino porque ahora hay información. Ahora puedes mirar hacia atrás y entender lo que pasaba. Y más importante: puedes dejar de cargar con las etiquetas que te pusieron unos adultos que no sabían qué les estaban poniendo a un niño de 8 años.
Ese niño inquieto no necesitaba más disciplina. Necesitaba que alguien entendiera cómo funcionaba su cabeza.
Si lees esto y piensas en ese niño que fuiste, el de las notas en la agenda y los castigos sin recreo, puede que sea buen momento para mirar las cosas desde otro sitio. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico. Es un primer paso para entender lo que nadie te explicó en el colegio. 10 minutos.
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