Volver al blog

Necesitar ganar a todo con TDAH: la competitividad que no puedes apagar

Un juego de mesa se convierte en guerra. Con TDAH, la necesidad de ganar no es ego. Es dopamina. Y tu cerebro no tiene botón de apagar.

tdah

Estábamos jugando al Monopoly en Navidad. Mi familia, sobremesa, ambiente tranquilo. Yo iba perdiendo. Y de repente noté cómo se me tensaba todo el cuerpo. Mandíbula apretada. Manos calculando cada tirada. Ojos fijos en el tablero como si me jugara la hipoteca de verdad.

Mi sobrina me quitó una propiedad y casi tiro el tablero.

Tiene ocho años.

No es que sea mal perdedor. Bueno, un poco sí. Pero no es solo eso. Es algo más profundo, más automático. Como si dentro de mi cabeza hubiera un interruptor que se activa cada vez que hay algo que ganar, y nadie me hubiera dado el manual para apagarlo.

¿Por qué necesito ganar a todo si tengo TDAH?

Porque ganar produce dopamina. Y tu cerebro con TDAH va corto de dopamina como un coche que va con la reserva siempre encendida.

Piensa en lo que pasa cuando ganas algo. Lo que sea. Un debate con un amigo. Una partida de pádel. Una discusión absurda en Twitter sobre si la tortilla lleva cebolla. Tu cerebro recibe un chute de recompensa. Un "bien hecho, campeón" químico que dura tres segundos y que te hace sentir vivo.

Para un cerebro neurotípico, ese chute es agradable pero prescindible. Para un cerebro con TDAH, es oxígeno.

Tu cerebro no regula la dopamina como debería. No la produce en las cantidades adecuadas, no la gestiona bien, no la distribuye de forma equilibrada. Así que cuando encuentra una fuente fiable de dopamina, se lanza a por ella con todo. Sin freno. Sin proporción. Sin importar que sea un juego de mesa con tu sobrina de ocho años.

No es ego. No es inseguridad. Es neurología pura. Tu cerebro ha encontrado una máquina expendedora de dopamina y va a meter monedas hasta que se le acaben.

La competitividad como regulador emocional

Esto es lo que mucha gente no entiende. Cuando alguien con TDAH se pone absurdamente competitivo, no está siendo inmaduro. Está regulándose.

La competición te da todo lo que tu cerebro necesita: estímulo, urgencia, resultado inmediato. Es el deporte llevado al extremo cotidiano. No necesitas un campeonato. Te basta con adelantar al que va andando delante de ti por la acera. Con ser el primero en responder un email. Con tener razón en una conversación que a nadie más le importa.

Y lo peor es que funciona. Mientras compites, tu cerebro está enfocado. Presente. Funcionando a tope. Es como si alguien encendiera las luces del estadio y de repente pudieras ver con claridad.

Pero en cuanto pierdes, se apagan todas de golpe.

¿Qué pasa cuando pierdes?

Aquí es donde la cosa se complica. Porque perder, para un cerebro con TDAH, no es solo "vaya, qué pena". Es un bajón de dopamina en picado. De cien a cero en un segundo.

Y como tu cerebro no tiene regulador de volumen emocional, esa caída se siente como un terremoto. Frustración que no tiene proporción con lo que ha pasado. Enfado que viene de la nada y que no sabes explicar. Ganas de tirarlo todo. Literal.

Mi familia ya sabe que después de perder al Catan necesito diez minutos a solas. No porque esté enfadado con ellos. Sino porque mi cerebro necesita tiempo para recalibrar. Para entender que no se ha acabado el mundo, que solo era un juego, que mañana no me voy a acordar de quién ganó.

Esos diez minutos no son un capricho. Son supervivencia emocional.

La trampa de convertirlo todo en competición

El problema no es competir. El problema es que tu cerebro convierte todo en competición sin pedirte permiso.

Una conversación normal se convierte en un debate que necesitas ganar. Una tarea del trabajo se convierte en una carrera contra el reloj que nadie más está corriendo. Un paseo tranquilo se convierte en "a ver si llego antes que ese tío de ahí".

Y eso cansa. Cansa a ti y cansa a los que están cerca. Porque la impaciencia ya te come por dentro, y si encima le sumas la necesidad de ganar cada microinteracción, acabas agotado a las tres de la tarde sin haber hecho nada productivo.

He tenido discusiones de veinte minutos defendiendo una opinión que ni siquiera era mía. Solo porque alguien me llevó la contraria y mi cerebro activó el modo "esto hay que ganarlo". Veinte minutos de mi vida invertidos en demostrar que el mejor álbum de Linkin Park es Meteora. Que ni siquiera es mi grupo favorito.

Tu cerebro no distingue entre "esto importa" y "esto me estimula". Para él, es lo mismo.

¿Se puede apagar?

Apagar, no. Pero se puede gestionar.

Lo primero es reconocerlo. Saber que cuando te pones competitivo por algo absurdo, no eres idiota. Es tu cerebro buscando dopamina donde la encuentra. Ese conocimiento no lo apaga, pero le quita carga emocional. Pasas de "¿qué me pasa?" a "ah, vale, mi cerebro otra vez".

Lo segundo es buscar válvulas de escape que no destruyan relaciones. Deporte. Videojuegos competitivos. Retos contra ti mismo. Cualquier cosa que te dé ese chute de victoria sin que tu sobrina acabe llorando porque el tío ha tirado el tablero.

Lo tercero es avisar. A tu pareja, a tus amigos, a tu familia. "Oye, cuando juguemos a algo, probablemente me ponga intenso. No es personal. Es mi cerebro siendo mi cerebro." Suena raro, pero funciona. Porque la gente es mucho más comprensiva cuando entiende que no estás siendo competitivo a propósito.

Y lo cuarto es aprender a perder. No como lección moral. No como "hay que ser buen deportista". Sino como entrenamiento neurológico. Exponerte a la derrota en entornos seguros, dejar que tu cerebro practique ese bajón de dopamina sin consecuencias reales, y poco a poco ampliar tu tolerancia.

No es fácil. Pero es posible.

Esto no va de ganar menos

Va de entender por qué necesitas ganar tanto. Porque cuando lo entiendes, dejas de culparte. Dejas de pensar que eres un crío que no sabe perder. Y empiezas a ver tu competitividad como lo que es: un cerebro hambriento buscando comida donde puede.

No hay nada malo en querer ganar. El problema es cuando no puedes elegir no querer.

---

Si te has reconocido en esto y quieres entender mejor cómo funciona tu cerebro, tengo un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No diagnostica, pero te da más información sobre lo que pasa dentro de tu cabeza que cualquier debate que puedas ganar. 10 minutos, gratis, y sin email obligatorio.

Relacionado

Sigue leyendo