Me siento un fraude en todo lo que hago: el síndrome del impostor constante

Haces cosas bien y aun así sientes que te van a pillar. No es humildad. Es un patrón que tiene explicación y nombre.

La semana pasada me felicitaron por un proyecto. Me dijeron que estaba muy bien. Que era exactamente lo que necesitaban. Que había superado las expectativas.

Y lo primero que pensé fue: "Se van a dar cuenta."

No sé de qué. No sé de qué se van a dar cuenta exactamente. Pero estaba convencido de que en algún momento alguien iba a mirar más de cerca, a rascar un poco la superficie, y a descubrir que detrás de ese proyecto que parecía profesional había un tío que no tenía ni idea de lo que hacía. Que había sido suerte. Que cualquier otro lo habría hecho mejor. Que yo estaba ahí de prestado.

Y mira, no era la primera vez. Es la sensación de siempre. Da igual que salga bien. Da igual que me lo digan. Da igual que tenga pruebas. Dentro de mi cabeza, la conclusión siempre es la misma: eres un fraude y es cuestión de tiempo que se enteren.

¿Por qué me siento un impostor si las cosas me salen bien?

Pues porque tu cerebro no procesa los logros como logros. Los procesa como accidentes.

Piensa en cómo funciona una cuenta bancaria emocional. Cada logro debería ser un ingreso. Hiciste algo bien, pum, más saldo. Con el tiempo acumulas saldo suficiente para pensar "oye, pues a lo mejor sí que valgo para esto".

El problema es que tu cuenta tiene un agujero en el fondo. Todo lo que entra se va. No acumulas nada. Cada vez que haces algo bien, tu cerebro lo descarta como excepción. "Esta vez tuve suerte." "Era fácil." "Cualquiera lo habría hecho." Y vuelta a cero. El saldo nunca sube.

Y eso no es humildad. La humildad es reconocer que no lo sabes todo. Esto es otra cosa. Esto es creer activamente que no mereces lo que tienes a pesar de las evidencias. Es como un juicio donde el acusado presenta cien pruebas de inocencia y el juez dice "no me convence, culpable".

¿Viene de la infancia esto?

Pues mira, en mi caso sí. Y en el de mucha gente también.

Cuando eres un chaval que es brillante a ratos e inconstante siempre, recibes un mensaje muy concreto del mundo: "Podrías hacer más." "Si te esforzaras un poco más..." "Es listo pero vago." Y eso se te queda grabado a fuego.

Porque no es que no te esforzaras. Te esforzabas a lo bestia. Pero tu esfuerzo era invisible porque aparecía en ráfagas. Un día hacías el mejor examen de la clase y al siguiente no entregabas los deberes. Un día tenías una idea brillante y a la semana habías perdido el interés. Y el adulto de turno solo veía la inconsistencia. No veía el esfuerzo que hay detrás de funcionar así.

Y cuando te pasas la infancia y la adolescencia escuchando que no rindes lo suficiente, desarrollas una creencia muy profunda: "Lo que hago nunca es suficiente." Y esa creencia se convierte en el filtro con el que miras todo lo que haces de adulto.

Cada vez que algo sale bien, el filtro dice: "No es para tanto." Cada vez que te felicitan, el filtro dice: "Si supieran la verdad." Y perdonarte los errores se vuelve imposible porque en tu cabeza los errores son la prueba de lo que siempre sospechaste: que no vales para esto.

¿Esto le pasa a todo el mundo o me pasa solo a mí?

El síndrome del impostor le pasa a mucha gente. Eso es verdad. Pero hay un matiz importante.

Para la mayoría, aparece en momentos puntuales. Cuando empiezan un trabajo nuevo. Cuando suben de nivel. Cuando están rodeados de gente que perciben como más capaz. Es situacional. Viene y se va.

Para algunos de nosotros, no se va nunca. Es el estado por defecto. No es que en ciertas situaciones me sienta un fraude. Es que me siento un fraude siempre y en ciertas situaciones consigo olvidarlo un rato. Es la diferencia entre tener un día malo y vivir en un día malo permanente con ventanas de alivio.

Y eso conecta con algo más grande. Porque cuando no puedes esperar cuando quieres algo, y cuando lo consigues sientes que no lo mereces, el resultado es un cerebro que nunca está satisfecho. Ni antes ni después. Antes porque la espera es insoportable. Después porque el logro no se registra como logro.

Hay una razón por la que tu cerebro hace esto

Mira, te lo cuento porque a mí me cambió la perspectiva.

Fui al psiquiatra por otras cosas. Por no poder concentrarme. Por empezar cosas y dejarlas. Por la frustración descontrolada. Y en medio de una sesión, hablando del síndrome del impostor, me dijo algo que se me quedó grabado: "No es que te sientas un fraude. Es que tu cerebro no registra los éxitos. Los descarta antes de que lleguen a la memoria emocional."

TDAH. Otra vez. Resulta que cuando tu cerebro tiene un sistema de dopamina irregular, no solo afecta a la atención y a la concentración. Afecta a cómo procesas los logros. La dopamina es la molécula de la recompensa. Y si tu sistema de recompensa no funciona bien, puedes hacer cien cosas bien y no sentir ninguna.

Es parte de un patrón que cuando descubrí por qué me costaba todo más que a los demás, todo empezó a encajar. No era que fuese un fraude. Era que mi cerebro tenía un sistema de recompensa diferente. Y cuando no te recompensas por lo que haces bien, la única conclusión lógica que te queda es que no lo haces bien.

Entender esto no elimina la sensación. Ojalá. Pero sí cambia lo que haces con ella. Cuando me siento un fraude ahora, me digo: "Es tu cerebro, no la realidad." Y no siempre funciona. Pero a veces sí. Y a veces es suficiente.

Esto no sustituye una evaluación profesional. Si el síndrome del impostor te acompaña a todas partes y no se va nunca, habla con alguien que sepa de esto. Un psicólogo o psiquiatra puede ayudarte a separar la realidad de lo que tu cerebro te cuenta.

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