Me olvido de todo lo que me dicen cinco minutos después de escucharlo
Te hablan, asientes, entiendes perfectamente. Y cinco minutos después no recuerdas nada. No es falta de interés. Es tu memoria de trabajo.
"Te lo acabo de decir hace 5 minutos."
Lo sé. Y no puedo explicarte a dónde se ha ido la información.
Porque estaba ahí. Te juro que estaba ahí. Te estaba escuchando. Te estaba mirando a los ojos. Incluso asentía con la cabeza. Y en algún punto entre tu boca y mi memoria, la frase se ha evaporado como si nunca hubiera existido.
No es que no me importe lo que dices. Es que mi cerebro tiene la capacidad de retención de un colador de pasta.
La conversación que tengo tres veces al día
Mi pareja me dice algo mientras desayuno. Algo concreto. "Hoy viene el fontanero a las cinco." Perfecto. Lo he oído. Lo he procesado. He dicho "vale".
Tres horas después me pregunta si he dejado la puerta abierta para el fontanero.
¿Qué fontanero?
No es broma. No es exageración. Es literal. El dato ha entrado por un oído, ha pasado por mi cerebro sin dejar huella, y ha salido por el otro. Como un turista que pasa por una ciudad sin parar a hacer ni una foto.
Y lo peor no es olvidarlo. Lo peor es la cara que pone la otra persona. Esa mezcla de incredulidad y cansancio que dice "ya estamos otra vez". Porque para ellos, olvidar algo que te acaban de decir es una señal de que no te importa. De que no escuchas. De que pasas de ellos.
Y tú no sabes cómo explicar que sí escuchas. Que sí te importa. Que simplemente tu cerebro ha decidido que esa información no merecía espacio en el disco duro.
¿Por qué olvido todo lo que me dicen si estoy prestando atención?
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Porque el problema no es de atención. Bueno, sí, pero no como crees.
Lo que falla es la memoria de trabajo. Piensa en ella como la mesa de tu escritorio. En un cerebro neurotípico, la mesa es grande: puedes poner el café, el portátil, tres documentos, un boli y un post-it, y todo se queda ahí mientras lo necesitas.
En un cerebro con TDAH, la mesa es del tamaño de un posavasos. Cabe una cosa. Quizá dos si apilas. Y en cuanto llega un estímulo nuevo, el que estaba antes se cae al suelo.
Tu pareja te dice lo del fontanero. Eso ocupa el posavasos. Perfecto. Pero entonces suena el móvil. O miras por la ventana. O piensas en que tienes que comprar leche. Y lo del fontanero se ha caído de la mesa. Desaparecido. No lo has borrado a propósito. Tu cerebro simplemente lo ha descartado porque necesitaba el espacio para lo siguiente.
Y esto pasa todo el día. Con todo. Con las instrucciones del jefe. Con el nombre de la persona que te acaban de presentar. Con lo que ibas a decir antes de que se te fuera a mitad de frase. Con el recado que te han pedido por teléfono hace diez minutos.
No es mala memoria en general. Es mala memoria de trabajo. Puedes recordar la alineación del Madrid del 2002 pero no lo que te ha dicho tu compañero de trabajo hace un cuarto de hora.
Lo que nadie te cuenta sobre el coste emocional
La gente piensa que olvidar cosas es un inconveniente menor. Un "despiste". Algo gracioso que contar en una cena.
No es gracioso cuando tu pareja lleva años repitiéndote las mismas cosas y empieza a pensar que no la escuchas. No es gracioso cuando tu jefe te da instrucciones y al día siguiente no recuerdas ni la mitad. No es gracioso cuando alguien te cuenta algo importante, algo personal, algo que le costó decirte, y a los dos días no tienes ni idea de lo que te dijo.
La frustración de no retener lo que te dicen
Tú te sientes culpable. Ellos se sienten ignorados. Y ninguno de los dos tiene toda la razón ni toda la culpa.
¿Y qué hago con esto?
No voy a venderte la solución mágica porque no existe. Pero sí hay cosas que funcionan cuando entiendes que el problema es la mesa, no tú.
Primero: externaliza todo. Si tu memoria de trabajo es un posavasos, deja de confiar en ella. Apunta las cosas. En el momento. No después, no cuando llegues a casa, no cuando te acuerdes. Ahora. El móvil, una libreta, un post-it en la frente si hace falta.
Segundo: repite en voz alta. Cuando alguien te dice algo importante, repítelo. "Vale, fontanero a las cinco." Suena tonto, pero obliga a tu cerebro a procesar la información una segunda vez. Y esa segunda pasada a veces es lo que marca la diferencia entre recordar y olvidar.
Tercero: díselo a tu gente. No como excusa. Como información. "Mi cerebro funciona así. No es que no me importes. Es que necesito que me lo escribas, o que me lo recuerdes, o que no me lo digas mientras estoy haciendo otra cosa." La gente colabora cuando entiende. Lo que no perdona es la sensación de que les ignoras.
Y cuarto, y esto es lo más importante: deja de machacarte. No eres un desastre. No eres un irresponsable. No "pasas" de la gente. Tienes un cerebro que gestiona la información de forma diferente, y una vez que lo entiendes, puedes trabajar con él en vez de contra él.
Que es, básicamente, la diferencia entre tirarte toda la vida empujando una puerta que dice "tire" y leer el cartel de una vez.
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