Me cuesta organizar mis ideas para escribir un simple email

Tienes que escribir un email de tres líneas. Llevas 40 minutos mirando la pantalla. Tienes 200 ideas y ninguna frase escrita.

Un email. Solo tienes que escribir un email. Tres líneas. "Hola, te mando esto, un saludo." Eso es todo.

Llevas cuarenta minutos delante de la pantalla.

No es que no sepas qué decir. El problema es que sabes demasiado qué decir. Tienes doscientas formas de empezar y ninguna te convence. Escribes "Hola, te escribo para..." y lo borras. "Buenos días, quería comentarte..." y lo borras. "Oye, una cosa..." y lo borras. Cada frase suena rara. Cada palabra parece la equivocada. Y cuanto más lo piensas, peor.

Porque tu cerebro no tiene un problema de falta de ideas. Tiene un problema de exceso. Y cuando tienes demasiadas opciones, te quedas paralizado mirando la pantalla como si el cursor parpadeante fuera tu enemigo personal.

¿Por qué algo tan simple se convierte en algo tan difícil?

Porque escribir un email no es una tarea. Es una secuencia de microdecisiones. Cómo empiezo. Qué tono uso. Cuánto detalle doy. Cómo me despido. ¿Pongo "un saludo" o "un abrazo"? ¿Suena muy formal? ¿Muy informal? ¿Demasiado largo? ¿Demasiado corto?

Cada una de esas microdecisiones es un punto de fricción. Y tu cerebro se queda atascado en cada una de ellas. No fluye. No va de A a B. Va de A a A2 a A3 a B a "mejor vuelvo a A" a "voy a mirar el móvil un momento" a "¿qué estaba haciendo?".

Y no es solo con emails. Es con mensajes de WhatsApp. Con informes del trabajo. Con textos que tendrían que llevar cinco minutos y te llevan una hora. Con cualquier cosa que implique poner tus pensamientos en orden y sacarlos por escrito.

Porque el problema no es escribir. El problema es organizar. Y organizar es exactamente lo que peor se te da.

El borrador infinito

Hay algo que la gente que escribe rápido no entiende: el borrador infinito.

Es cuando escribes una frase, la lees, no te gusta, la cambias, la lees otra vez, cambias una palabra, la lees otra vez, no te gusta otra vez, borras todo y empiezas de cero. Y repites. Y repites. Y una hora después tienes exactamente las mismas tres líneas que habrías escrito en el primer intento si tu cerebro te hubiera dejado en paz.

El borrador infinito no es perfeccionismo. Es parálisis disfrazada de revisión. Tu cerebro no puede decidir cuál es la versión "correcta", así que las prueba todas. Una y otra y otra. Sin avanzar. Sin terminar. Sin enviar.

Y mientras tanto, el email sigue ahí. Sin enviar. Y tú sigues ahí. Mirando la pantalla. Sintiéndote idiota por no poder hacer algo que "todo el mundo hace sin pensar".

El miedo al enviar

Hay otra capa que no se cuenta. No es solo que te cueste escribir. Es que te da miedo enviar. Porque una vez que le das a enviar, ya no puedes cambiarlo. Ya no puedes revisar una vez más. Ya está ahí fuera. Con sus defectos. Con esa palabra que quizá suena rara. Con ese tono que igual no era el adecuado.

Mientras el email está en borradores, es perfecto en potencia. Puede ser mejor. Siempre puede ser mejor. Pero en cuanto lo envías, se convierte en algo concreto. Y lo concreto puede ser juzgado.

Es la misma lógica que con el tiempo que se te escapa. No es que estés haciendo nada. Es que estás haciendo algo muy agotador internamente: decidir. Evaluar. Dudar. Revisar. Solo que desde fuera parece que estás mirando la pantalla sin hacer nada.

Cómo escribir cuando tu cerebro no te deja

Lo que me funciona a mí: escribir basura primero. En serio. Escribir la peor versión posible del email. Sin pensar. Sin juzgar. La primera frase que se te ocurra, por horrible que sea. Y luego, con algo escrito, editar.

Porque editar es más fácil que crear. Tu cerebro puede mejorar algo que ya existe. Lo que no puede es crear algo de la nada. La página en blanco es el enemigo. Ponle algo encima, lo que sea, y tu cerebro ya tiene algo con lo que trabajar.

Y otra cosa: pon un límite de tiempo. "Cinco minutos para este email. Lo que tenga escrito cuando suene la alarma, se envía." ¿Es perfecto? No. ¿Está enviado? Sí. Y enviado siempre gana a perfecto.

Si esto te pasa con cada email, cada mensaje, cada texto que escribes, si sientes que todo te cuesta más que a los demás incluso en cosas pequeñas, no es que seas lento ni tonto. Tu cerebro procesa las decisiones de una forma diferente. Y hay profesionales que pueden ayudarte a entender cómo funciona y qué hacer con ello.

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