Me cuesta hacer planes a largo plazo con gente: no sé cómo voy a estar ese día
Te proponen quedar dentro de dos semanas y sientes ansiedad. No sabes cómo vas a estar. No es que no quieras ir. Es otra cosa.
"Oye, el sábado 15 hay una boda de un colega, ¿vienes?"
El sábado 15 es dentro de un mes. Un mes. ¿Y quieres que te diga si voy a ir? No tengo ni idea de qué voy a cenar esta noche y me estás pidiendo que me comprometa a algo que pasa dentro de treinta días.
Y no es broma. No es que sea dramático. Es que genuinamente no sé cómo voy a estar dentro de un mes. No sé si voy a tener energía. No sé si voy a estar de humor. No sé si ese día mi cerebro va a cooperar o va a decidir que lo único que podemos hacer es quedarnos en el sofá mirando al techo.
Así que digo "ya veremos" o "en principio sí" o "cuenta conmigo pero ya te confirmo". Y la gente odia esas respuestas. Porque para ellos es simple: ¿quieres ir o no quieres ir? Sí o no. Blanco o negro.
Pero para mí no hay blanco ni negro. Hay un gris que cambia de tono cada día dependiendo de cómo esté mi cerebro, cuántas horas he dormido, si la semana ha sido intensa, si tengo un proyecto que me ha absorbido y no me deja pensar en nada más. Y todo eso es impredecible. No lo controlo.
¿Por qué me genera ansiedad comprometerme con planes futuros?
Porque cada plan futuro es una promesa. Y cada promesa que rompo es un trozo de confianza que se pierde.
Yo he cancelado suficientes planes como para saber que mi palabra tiene fecha de caducidad. Y eso me genera una ansiedad brutal cuando me piden que me comprometa. Porque sé que puedo fallar. Y sé cómo se siente eso. Para mí y para el otro.
Imagínate que cada vez que dices "sí, cuento contigo" estás firmando un contrato que no sabes si vas a poder cumplir. Pero te lo piden con tanta normalidad que decir "no sé" parece raro. Parece que no quieres. Parece que te están pidiendo algo enorme cuando solo te están pidiendo quedar a cenar.
Y lo peor es que la ansiedad empieza desde el momento en que dices que sí. No cuando llega el día. Desde que te comprometes. Porque tu cerebro añade ese plan a una lista mental que te va recordando cada vez que tienes un momento de calma. "Eh, que el sábado 15 has quedado." "Eh, que faltan tres semanas." "Eh, que faltan dos." Y cada recordatorio viene acompañado de un "¿y si ese día no puedo?".
Es agotador. Es como tener una alarma de incendios que suena bajito durante un mes. No lo suficiente como para que hagas algo, pero lo suficiente como para que no puedas relajarte del todo.
¿Qué les digo a los que no entienden que no pueda planificar?
Mira, yo he intentado explicarlo de mil formas. Y la que mejor funciona es esta:
"No es que no quiera ir. Es que no sé cómo voy a estar ese día. Y prefiero decirte eso ahora que cancelarte a última hora."
Algunos lo entienden. Otros se lo toman como un rechazo envuelto en papel bonito. Y con esos, la verdad, no tengo mucho que hacer. No puedo obligar a nadie a entender algo que suena tan raro desde fuera.
Porque desde fuera suena a: "tío, pero, ¿cómo no vas a saber cómo vas a estar dentro de dos semanas?". Y la respuesta es: pues no lo sé. Igual que no sé si mañana voy a poder concentrarme para trabajar o voy a pasarme el día saltando de pestaña en pestaña sin hacer nada. Mi cerebro no viene con previsión meteorológica. No puedo consultar el tiempo que va a hacer dentro de mi cabeza el día 15.
Las personas que se han quedado a mi lado son las que han aprendido a funcionar conmigo así. Las que dicen "vale, confírmame el día antes" y no se lo toman personal si ese día les digo que no puedo. Son pocas. Pero son las buenas.
Lo que me jode es que desde fuera parece que no valoro la relación. Que si de verdad me importara esa persona, haría el esfuerzo de comprometerme. Pero es que el esfuerzo ya lo estoy haciendo. El esfuerzo está en la ansiedad que siento desde que digo que sí. El esfuerzo está en las cuarenta veces que pienso en ese plan durante el mes que falta para que llegue. El esfuerzo está en no cancelar. Que para el otro es lo mínimo, y para mí es una batalla.
Es lo mismo que pasa cuando me cuesta estar presente con la gente que quiero. No es falta de cariño. Es un cerebro que funciona en modo "momento presente" y que todo lo que sea proyectar a futuro le genera cortocircuito.
¿Hay alguna forma de mejorar con esto?
No te voy a engañar: no lo he solucionado del todo. Pero hay cosas que me ayudan.
La primera: planes con escape fácil. Si quedo para comer, puedo irme a las cuatro. Si quedo para un evento de todo el día, me atrapan. Y la sensación de estar atrapado me genera más ansiedad que el plan en sí. Así que priorizo planes con principio y fin claro. Nada de "ya veremos a qué hora acabamos".
La segunda: aceptar que voy a cancelar a veces. Y que eso no me convierte en mala persona. Me convierte en alguien que se conoce. Cancelar con honestidad y con tiempo es mejor que ir arrastrándome y pasarlo mal.
La tercera: no sobrecargar la agenda. Dos planes sociales a la semana es mi máximo. Si meto un tercero, alguno de los tres cae. Así que prefiero decir que no a uno de entrada que comprometer los tres.
La cuarta: planes espontáneos. Parece contradictorio, pero los planes que mejor me funcionan son los de "oye, ¿estás libre ahora?". Porque no me da tiempo a generar ansiedad. No hay semanas de anticipación. No hay margen para que mi cerebro construya excusas. Es "ahora" o "no". Y "ahora" es el único momento temporal que mi cerebro entiende bien.
He perdido amigos por esto. Gente que se cansó de que no confirmara nunca, de que siempre dijera "ya veremos", de que cancelara a última hora. Y no les culpo. Desde fuera es imposible de entender. Si te dicen "quiero verte pero no puedo confirmar hasta el día antes", suena a que no te importan lo suficiente. Y explicar que no es eso, que es tu cerebro, que no lo controlas, suena a excusa. Sobre todo si lo has dicho ya quince veces.
Y si todo esto te suena, si sientes que planificar a futuro te genera un peso que no sabes explicar, si tus amigos te dicen que eres imposible para hacer planes, puede que no sea solo personalidad. Puede que tu cerebro funcione con un sistema operativo que procesa el tiempo de forma distinta. Y saberlo no lo arregla, pero te quita un peso enorme de encima.
Porque todo te cuesta más que a los demás, incluyendo algo tan simple como decir "sí, el sábado nos vemos". Y eso tiene explicación. Y cuando la encuentras, dejas de sentirte como un bicho raro y empiezas a adaptar tu vida a como realmente funciona tu cabeza.
Si planificar a futuro te genera una ansiedad que no tiene sentido desde fuera, habla con un profesional. Si quieres una primera orientación, tengo un test rápido de 43 preguntas. Hacer el test TDAH.
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