La maldicion del todo incluido
Cuando metes todo en tu oferta para que el cliente no tenga excusas, el cliente no sabe qué está comprando y no te compra. La trampa del emprendedor que.
Hay un patrón que se repite en emprendedores que llevan un tiempo en esto. Especialmente en los que venden servicios o formación. Lo llamo la maldicion del todo incluido.
Funciona así. Al principio vendes una cosa concreta. Alguien la compra. Luego ese cliente pide algo más. No quieres decirle que no porque es un buen cliente, así que lo añades. Luego otro cliente necesita otra cosa. También lo añades. Y así hasta que tu oferta incluye doce cosas distintas y cuando alguien te pregunta qué vendes tardas cuatro minutos en contarlo.
Eso no es una oferta. Eso es un catálogo de confusión.
¿Por qué el todo incluido parece bueno y no lo es?
Porque parte de un razonamiento correcto. Si incluyo más cosas, el cliente tiene menos excusas para no comprar. Si hay objeción A, tengo el módulo X que la resuelve. Si hay objeción B, tengo el bonus Y que la cubre. Me anticipé a todo.
El problema es que al anticiparte a todo, has creado algo tan grande que nadie sabe por dónde entrar. El cliente no se pregunta "¿dónde está lo que necesito?" Se pregunta "¿necesito todo esto realmente?" Y cuando la respuesta es "no sé", no compra.
Tu cerebro con TDAH ama el todo incluido porque es excitante. Más cosas, más posibilidades, más valor percibido. El problema es que lo que tú percibes como valor añadido, el cliente a veces lo percibe como peso añadido.
He visto esto en mis propios productos. Cuanto más le metía, más difícil era venderlo. No porque fuera peor. Sino porque el argumento de venta se volvía interminable y el cliente no sabía en qué fijarse.
¿Cuál es el núcleo real de lo que vendes?
Esta es la pregunta que duele.
Porque si tienes un todo incluido con doce cosas, hay una o dos que son la razón por la que la gente lo compra. El resto son añadidos que te hacen sentir que das mucho pero que el cliente valora poco o nada.
Cómo encontrarlo: habla con tres o cuatro clientes que hayan comprado tu oferta completa y pregúntales qué parte usaron de verdad y qué parte dejaron aparcada. Las respuestas te van a incomodar. Y te van a dar más información sobre tu producto que cualquier encuesta.
Lo que uses para construir el núcleo del que habla el post sobre simplificar tu negocio para sobrevivir no tiene por qué estar alineado con lo que crees que es el núcleo. El cliente decide qué es el núcleo. Tú lo descubres después.
¿Qué haces con todo lo que sobra?
Varias opciones. La primera es eliminarlo. Radical y liberador. Si nadie lo usa, no existe.
La segunda es convertirlo en un upsell. No lo incluyas en el precio base. Que sea algo que el cliente pueda añadir si lo quiere y si lo necesita. Así tu oferta principal es limpia y el extra existe para quien genuinamente lo valora.
La tercera es crear una oferta separada. Si hay un segmento de clientes que sí usa esas cosas que los demás ignoran, quizás hay un producto distinto para ese segmento. No lo mezcles con el principal.
Lo que no puedes hacer es seguir vendiendo el todo incluido con la esperanza de que el cliente lo entienda mejor si te explicas más. No es un problema de explicación. Es un problema de estructura.
Como apunta el post sobre cobrar por hora cuando no estás ganando dinero, muchas veces la complejidad de la oferta es una forma de justificar un precio sin tener que defenderlo directamente. Cuanto más metes, menos tienes que explicar por qué vale lo que vale. Y eso a la larga pasa factura.
¿Cuándo el todo incluido sí funciona?
Cuando el cliente ya sabe que lo necesita todo y el precio es el único obstáculo. En ese caso, la conveniencia de tenerlo junto sí tiene valor real.
Pero la mayoría de las veces el cliente no sabe que lo necesita todo. Y en ese caso, el todo incluido solo añade fricción.
Empieza por lo esencial. Si funciona, añade. Nunca al revés.
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