Los errores que más dinero me han costado no fueron decisiones malas fueron decisiones lentas
Mis errores más caros no vinieron de elegir mal. Vinieron de no elegir a tiempo. El coste real de la parálisis cuando emprendes con TDAH.
Hay una creencia que se repite en todos los podcasts de emprendimiento: los errores te enseñan. Y es verdad. Te enseñan. Lo que no te dicen es el precio de la matrícula.
Porque mis errores no me han enseñado gratis. Me han costado dinero. Dinero real. De ese que tenía que haber ido al alquiler, a la comida o a Hacienda. Y los que más me han costado no fueron los que tomé mal. Fueron los que no tomé a tiempo.
La parálisis que quema billetes
Con TDAH, tomar decisiones es un deporte extremo. Porque tu cerebro no te presenta dos opciones. Te presenta diecisiete. Y luego le añade tres más mientras estás evaluando las primeras. Y luego te distrae con una idea completamente nueva que no tiene nada que ver con ninguna de las anteriores.
El resultado: no decides. Y no decidir tiene un coste.
Tardé cuatro meses en subir el precio de un producto que claramente estaba barato. Cuatro meses con la misma tarifa porque no me decidía. Cada mes que pasaba eran miles de euros que dejaba de ganar. No por decisión. Por indecisión.
Tardé medio año en despedir a un freelance que no estaba funcionando. No porque fuera mala persona. Era buena persona. Pero el trabajo no estaba al nivel y yo lo sabía. Lo sabía desde el mes dos. Pero con TDAH, los conflictos son como kriptonita. Los evitas hasta que el problema crece tanto que ya no puedes evitarlo. Y para entonces ha costado el triple de lo que habría costado solucionarlo a tiempo.
Mis tres errores más caros
El primero: mantener un producto que no vendía durante un año entero. No porque creyera en él. Porque eliminarlo significaba admitir que la idea era mala y mi ego no estaba preparado para eso. Coste real: unos 8.000 euros entre hosting, herramientas, y tiempo que no dediqué a lo que sí vendía.
El segundo: no invertir en publicidad cuando el producto orgánico funcionaba. Tenía algo que se vendía solo. ¿Sabes lo que hice? Nada. No le puse gasolina. No escalé. Me quedé mirando cómo crecía despacio cuando podía haber crecido rápido. ¿Por qué? Porque aprender Facebook Ads me parecía aburrido y mi cerebro TDAH se niega en redondo a hacer cosas aburridas. Coste: imposible de calcular, pero conservadoramente, bastante más de lo que invertí en aprenderlo después.
El tercero: cobrar por hora en vez de por valor. Durante mis primeros dos años como freelance. Cada hora que me sobraba era una hora que no cobraba. Y mi cerebro TDAH es rápido. Tremendamente rápido. Así que resolvía en 2 horas lo que otros tardaban 8 y cobraba un cuarto de lo que debería. Coste: todo mi primer año de emprendimiento prácticamente regalado.
¿Por qué el cerebro TDAH es tan malo decidiendo?
No es que sea malo. Es que intenta hacerlo perfecto. Y perfecto en un contexto de decisiones de negocio significa analizar todas las variables, todos los escenarios, todas las posibilidades. Y como nuestro cerebro funciona así, con ese cableado que salta de una cosa a otra, el análisis no termina nunca.
Mientras un cerebro neurotípico ve dos caminos y elige uno, el nuestro ve doscientos y se queda parado en el cruce.
La solución que a mí me funciona es poner deadlines a las decisiones, no a las tareas. "El viernes a las 18:00 subo el precio. Sí o sí. Sin más análisis." ¿Es perfecto? No. ¿Es mejor que no decidir? Un millón de veces sí.
Lo que ahora hago distinto
Tengo una regla: si llevo más de una semana pensando en algo sin actuar, actúo. No importa que la decisión no sea perfecta. Una decisión del 70% tomada hoy vale más que una decisión del 95% tomada dentro de tres meses.
También tengo un archivo donde apunto el coste de cada indecisión. No para torturarme. Para recordarme que la parálisis no es neutral. No decidir es decidir no hacer nada. Y no hacer nada tiene un precio que pagas igual aunque no lo veas.
Mis errores más caros no aparecen en ninguna factura. No tienen recibo. Son todos esos meses en los que sabía lo que tenía que hacer y no lo hacía. Y si estás ahí ahora mismo, leyendo esto y pensando "joder, soy yo", te digo lo que me habría gustado que me dijeran a mí: decide hoy. Aunque sea mal. Decide.
Porque equivocarse sale caro. Pero no hacer nada sale más caro todavía.
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