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La energía de Elvis Presley: el rey del rock que no podía quedarse quieto

Elvis movía las caderas y escandalizaba a América. No era provocación. Era un cuerpo que no podía estarse quieto. La energía de Elvis tiene un patrón.

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Elvis movía las caderas en directo y escandalizaba a América. Pero no era provocación. Era un cuerpo que no podía estarse quieto. La energía de Elvis tiene un patrón que hoy reconocemos con otro nombre.

Y no, no voy a decirte que Elvis tenía TDAH diagnosticado. No lo tenía. Nació en 1935, en una época donde si un niño no paraba quieto le decían que era maleducado y le daban un cachete. Pero si miras cómo vivió, cómo funcionaba su cabeza y cómo se movía por el mundo, el patrón está ahí. Y es difícil ignorarlo.

¿Era Elvis provocador o simplemente no podía controlar su cuerpo?

Vamos a poner un poco de contexto.

Estamos en 1956. Elvis Presley aparece en televisión y hace algo que nadie había visto antes: se mueve. Se mueve entero. Las piernas, las caderas, los brazos, la cabeza. Todo a la vez. Y no es una coreografía ensayada. Es un tío de veintiún años que se deja llevar por la música y su cuerpo hace lo que le da la gana.

América del Norte pierde la cabeza.

Las madres se escandalizan. Los padres quieren prohibirlo. La televisión empieza a grabarle solo de cintura para arriba porque lo de abajo es "demasiado". Ed Sullivan lo censura en directo. Los periódicos lo llaman vulgar, peligroso, una amenaza para la juventud.

Y Elvis no entiende cuál es el problema.

Porque para él no era un acto. No estaba calculando cómo escandalizar a nadie. Estaba haciendo lo único que sabía hacer: moverse cuando la música sonaba. Su cuerpo respondía antes de que su cabeza pudiera decidir si era buena idea o no.

Eso, si lo miras con los ojos de hoy, tiene un nombre bastante claro. La impulsividad motora. La necesidad de movimiento constante. La incapacidad de quedarte quieto cuando hay un estímulo que te engancha. Es lo mismo que le pasa a Jim Carrey con su energía inagotable. Cuerpos que necesitan moverse para existir.

Un niño que no encajaba en ningún sitio

Elvis Aaron Presley nació en Tupelo, Mississippi. Familia pobre. Padre que entró y salió de la cárcel. Madre que lo sobreprotegía porque su hermano gemelo, Jesse, murió al nacer.

Desde pequeño era un niño diferente. No destacaba en clase. No sacaba buenas notas. No seguía las normas con facilidad. Pero ponle una guitarra delante y algo cambiaba. Su atención, que parecía inexistente en el aula, se convertía en una concentración brutal cuando la música estaba de por medio.

Hiperfoco puro.

Su profesor de música en la escuela fue de los pocos adultos que vio algo en él. Le animó a participar en un concurso de talentos del colegio. Elvis tenía diez años, cantó "Old Shep" y quedó quinto. No ganó. Pero por primera vez en su vida sintió que su energía servía para algo.

Ese es un momento que cualquiera con TDAH reconoce. Ese instante donde el mundo deja de ser un sitio que te pide que pares y se convierte en un sitio que te dice "más". Donde tu forma de funcionar no es un problema, sino exactamente lo que se necesita.

La energía que creó el rock and roll

Elvis no inventó el rock and roll. Eso es un mito. El rock and roll ya existía en la comunidad afroamericana. Lo que Elvis hizo fue algo que solo puede hacer alguien con un cerebro que no filtra estímulos: mezcló todo.

Gospel blanco del sur. Blues negro del delta. Country. Rhythm and blues. Lo metió todo en una batidora y lo que salió fue algo que nadie había escuchado antes. No porque fuera un genio musical calculador, sino porque su cerebro no entendía las categorías. No veía fronteras entre géneros. Oía algo que le gustaba y lo absorbía sin clasificarlo.

Esa es otra marca del cerebro que va por libre. La capacidad de conectar cosas que supuestamente no tienen nada que ver. De mezclar referencias sin respetar las reglas establecidas. Es lo mismo que hacen muchos músicos con ese patrón. No rompen las reglas a propósito. Es que no las ven.

El lado oscuro de tanta energía

Aquí es donde la historia de Elvis se pone difícil.

Porque la misma energía que le hizo llenar estadios con veinte años es la que le destrozó con cuarenta. Elvis tenía una necesidad constante de estimulación. Cuando no estaba en el escenario, cuando no había música, cuando la adrenalina bajaba, algo fallaba.

Empezó con las pastillas para dormir porque su cabeza no paraba por la noche. Después vinieron las pastillas para despertar porque las de dormir le dejaban grogui. Después las de concentrarse. Después las de relajarse. Un ciclo de estimulantes y depresores que es un patrón tristemente común en personas con cerebros que no regulan bien la dopamina.

No estoy diciendo que el TDAH sea la explicación de todo lo que le pasó a Elvis. Había un contexto brutal de fama, dinero, soledad, gente que se aprovechaba de él y un mánager que lo exprimía como un limón. Pero la forma en que buscaba estimulación constante, la dificultad para regular su energía, la tendencia a pasar de cero a cien sin punto medio... todo eso encaja con un patrón que hoy conocemos mejor.

Es parecido a lo que pasaba con Freddie Mercury en el escenario. Una energía descomunal que, cuando no tenía dónde ir, se volvía contra el propio cuerpo.

Lo que Elvis nos enseña sobre la energía sin canalizar

Elvis Presley murió a los cuarenta y dos años. En sus últimos años, la energía que había hecho temblar al mundo se había convertido en algo difícil de ver. Actuaciones erráticas. Problemas de peso. Dependencia de medicamentos. Un hombre que seguía siendo capaz de momentos brillantes en el escenario, pero que fuera de él estaba perdido.

Y eso es lo que me parece más importante de su historia.

No es que tuviera demasiada energía. Es que nunca tuvo las herramientas para gestionarla. Nació en una época donde un niño inquieto era un niño problemático. Donde la solución a no poder dormir eran pastillas. Donde nadie te decía "oye, tu cerebro funciona diferente, vamos a entenderlo".

Si Elvis hubiera nacido hoy, con acceso a un diagnóstico, a terapia, a estrategias para regular esa energía, quizás la historia habría sido distinta. O quizás no. No se puede saber. Pero lo que sí sabemos es que la energía que él tenía no era un defecto.

Era un motor que nadie le enseñó a conducir.

Y eso es lo que pasa con muchos cerebros que funcionan así. No les sobra energía. Les falta el manual. Les falta alguien que les diga que esa forma de funcionar no solo es válida, sino que puede ser extraordinaria si la entiendes.

Elvis lo demostró en el escenario cada noche. Que un cuerpo que no puede quedarse quieto, cuando encuentra su sitio, puede hacer temblar el mundo.

El problema es que el escenario se acaba. Y necesitas saber qué hacer cuando se apagan las luces.

Si alguna vez has sentido que tu energía va más rápido que todo lo demás, que tu cuerpo necesita moverse y tu cabeza no para, puede que no sea un problema. Puede que solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.

Hacer el test de TDAH

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