La conversación difícil que más me hizo crecer

No fue una mentoring session ni un libro de liderazgo. Fue una conversación incómoda que no quería tener y que cambió cómo gestionaba mi negocio.

Hay conversaciones que esquivas durante meses. Las tienes archivadas en la cabeza como carpetas pendientes. Sabes que existen. Sabes que tienes que abrirlas. Y cada día encuentras una razón perfectamente razonable para no hacerlo hoy.

La conversación que más me hizo crecer fue una de esas. La llevaba posponiendo tanto tiempo que ya me había convencido de que no era tan urgente. Que ya se resolvería sola. Que igual no era para tanto.

No se resolvió sola. Era para tanto.

¿Qué hacía que esa conversación fuera tan difícil de tener?

Era con alguien con quien trabajaba. Alguien cuyo trabajo no estaba al nivel que el proyecto necesitaba. Y yo lo sabía desde hacía meses. Lo veía en los resultados. Lo sentía en la tensión de las reuniones. Pero no decía nada.

No lo decía por dos razones que en aquel momento se me antojaban muy razonables y que ahora veo clarísimamente como cobardía. La primera: no quería hacer daño. La segunda: confiaba en que mejoraría solo.

Las dos razones son mentiras piadosas que el ego te cuenta para evitar la incomodidad. La realidad es más simple: tener esa conversación daba miedo. Miedo al conflicto. Miedo a que la relación se rompiera. Miedo a ser el malo de la película.

Y mientras yo evitaba el miedo, el proyecto se resentía. Cada semana que pasaba sin esa conversación era una semana de trabajo mediocre que yo estaba tolerando activamente.

¿Cómo fue la conversación cuando por fin la tuve?

Peor de lo que esperaba en el momento. Mejor de lo que esperaba en el resultado.

Fui directo. Dije lo que veía. Di ejemplos concretos, no generalidades. No dije "creo que quizás a veces podría ser que..." como suelo hacer cuando tengo miedo. Dije lo que veía y lo que necesitaba que cambiara.

La reacción inicial fue defensiva. Como era predecible. Nadie recibe feedback negativo con una sonrisa la primera vez. Hubo tensión. Hubo silencios incómodos. Hubo un momento en que pensé que había cometido un error enorme.

Pero la conversación siguió. Y después de la defensa vino la escucha. Y después de la escucha vino algo que no esperaba: honestidad también del otro lado. Cosas que yo no estaba haciendo bien como colaborador. Cosas que no había comunicado con claridad. Cosas que la otra persona había asumido porque yo nunca las había especificado.

Salí de esa conversación sintiéndome mal y habiendo aprendido más que en seis meses de evitarla.

¿Qué cambió en cómo gestiono las conversaciones difíciles desde entonces?

Entendí que posponer una conversación difícil no es gentileza. Es cobardía disfrazada de consideración. La persona al otro lado merece saber qué está pasando. Merece la oportunidad de corregir. Cuando no se lo dices, no la proteges. La privas de información que necesita.

Y el negocio también paga el precio. Cada conversación que no tienes es un problema que crece. Los problemas no maduran como el vino. Maduran como la fruta: se pudren.

El orgullo que no te deja pedir ayuda y el miedo que no te deja dar feedback son primos hermanos. Los dos te aíslan. Los dos te hacen creer que estás siendo sensato cuando estás siendo evasivo.

¿Merece la pena el coste de tener esas conversaciones?

Sí. Siempre. Incluso cuando salen mal. Incluso cuando la relación no sobrevive. Porque al menos entonces sabes qué pasó y puedes aprender algo concreto. La ambigüedad de "nunca lo hablamos" no te enseña nada.

Emprender con TDAH significa vivir con mucho ruido mental

No busques las conversaciones difíciles por masoquismo. Pero cuando sabes que una existe, no la archives indefinidamente. Tiene fecha de caducidad. Y cuanto más esperas, más caro te sale cuando por fin la abres.

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