Lo que aprendes de tus competidores cuando dejas de odiarlos
El competidor no es tu enemigo. Es tu espejo más honesto. Lo que te dice sobre tu negocio que ningún cliente ni mentor te dirá jamás.
Durante mucho tiempo los ignoré.
No por estrategia. Por orgullo. Ese orgullo disfrazado de "yo hago mi camino" que en realidad es miedo a mirar y no gustarme lo que veo.
Porque mirar a los competidores de verdad implica aceptar que hacen algunas cosas mejor. Y eso duele. Especialmente cuando llevas tiempo convenciéndote de que tu enfoque es el correcto y el suyo es el equivocado.
El problema es que el mercado no sabe nada de tu orgullo. El mercado solo sabe de lo que funciona.
¿Por qué nos cuesta tanto aprender de la competencia?
Porque lo confundimos con copiar. Y copiar nos da asco.
Hay una diferencia enorme entre aprender de lo que funciona en tu sector y replicar lo que hace otro. Aprender significa entender por qué algo funciona y ver si hay una versión que encaje con lo que tú estás construyendo. Copiar es trasladar sin pensar.
Lo primero es inteligencia competitiva. Lo segundo es pereza creativa.
Pero como confundimos los dos, muchos emprendedores directamente evitamos mirar. Nos construimos una burbuja donde solo existe lo nuestro, lo de nuestros referentes extranjeros lejanos y lo que dicen nuestros clientes. Y nos perdemos una fuente de información enormemente valiosa.
Tu competidor directo está operando en el mismo mercado que tú. Con los mismos clientes potenciales. Con las mismas objeciones. Y si lleva tiempo y le va bien, algo está haciendo bien. Ignorarlo es ignorar datos reales de mercado.
¿Qué te dice la competencia que ningún cliente te dirá?
Te dice qué demanda tiene el mercado que tú no estás cubriendo.
Cuando miras lo que tus competidores venden y cómo lo venden, ves los huecos de tu propia oferta con una claridad que no consigues mirando solo hacia dentro. Ves los formatos que funcionan en tu sector. Los mensajes que resuenan. Los problemas que el mercado está dispuesto a pagar por resolver.
Y también ves errores que están cometiendo y que tú puedes evitar. O cosas que hacen bien en algunas áreas y fatal en otras, lo que te da información sobre dónde puedes diferenciarte sin inventarte nada.
Esto no significa copiarlo. Significa tomar decisiones con más información de la que tenías antes de mirar.
Con TDAH, la trampa es la contraria: obsesionarte con la competencia hasta el punto de que te paraliza. Mirar tanto lo que hacen los demás que pierdes el hilo de lo que tú estás haciendo. Eso es tan malo como ignorarlos completamente.
El equilibrio es convertirlo en un hábito puntual, no en una obsesión continua. Mirar cada cierto tiempo, tomar notas, integrar lo que sea útil y volver a lo tuyo.
¿Cuándo un competidor se convierte en aliado?
Más a menudo de lo que parece posible desde fuera.
He tenido conversaciones con personas que compiten conmigo en el mismo mercado que han sido más honestas y útiles que muchas conversaciones con socios o colaboradores formales. Porque cuando quitas la rivalidad de la ecuación - o la reduces a su justa dimensión - descubres que compartís muchos más problemas de los que os separan.
Los mismos clientes difíciles. Los mismos ciclos de mercado. Las mismas dudas sobre precios, sobre formatos, sobre qué funciona y qué es ruido. Y a veces hay proyectos que no puedes hacer tú y que les puedes pasar. Y viceversa.
No estoy diciendo que te hagas amigo de todo el que opere en tu sector. Estoy diciendo que tratar a la competencia como enemigo por defecto es una decisión de ego, no una decisión de negocio.
El emprendedor que no hace networking paga un precio. El emprendedor que tampoco habla con sus competidores paga otro precio distinto. Y los dos son precios innecesarios.
Lo que más me ha costado aprender en esto es que el pastel no es fijo. Que mi competidor consiguiendo más clientes no significa que yo consiga menos. Que el mercado crece, que los clientes se educan con todos, y que muchas veces el que empuja el sector hacia arriba te empuja a ti también. Aunque no sea su intención.
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