Claude Code para documentos y notas, no solo para código

Uso Claude Code más para gestionar mi documentación que para picar código. Cómo monto ese sistema de notas y por qué funciona tan bien.

El nombre le hace un flaco favor. Se llama Claude Code, así que todo el mundo asume que es una herramienta para programadores y ahí se acaba la conversación.

Yo lo uso más para gestionar mi documentación que para picar código. Mis notas, mis proyectos, mis borradores, el seguimiento de cosas que hago cada semana. Y la parte de programar es la minoría de lo que le pido.

Lo que voy a contarte es cómo está montado ese sistema. No la instalación, que ya la tengo explicada en Claude Code para quien no programa. Lo de después: la estructura de carpetas, el archivo de instrucciones y la forma de hablarle para que esto funcione de verdad y no sea un chat más.

¿Sirve Claude Code si no voy a programar nada?

Sirve, y te diría que para eso es incluso mejor.

La diferencia con un chat normal es una sola cosa: escribe archivos en tu ordenador. Eso suena a poco y lo cambia todo.

Un chat te da una respuesta que se queda en la conversación. Cuando abres una conversación nueva, ese contexto ya no existe. Vives reexplicando lo mismo una y otra vez, o copiando y pegando trozos de conversaciones viejas.

Claude Code lee y escribe una carpeta. Si le dices "apunta esto en el documento de tal proyecto", lo apunta. Mañana, en una conversación nueva, abre el archivo y lo lee. Tu memoria no está en el chat: está en archivos de texto que son tuyos, que puedes abrir con cualquier editor y que seguirán ahí dentro de diez años aunque yo deje de usar esta herramienta.

Y son archivos Markdown, que es texto plano con cuatro símbolos para dar formato. No hay formato propietario, no hay exportación, no hay que rescatar nada de ningún sitio.

La estructura de carpetas: menos de la que crees

El primer impulso es montar un sistema de carpetas gigante con veinte categorías anidadas. No lo hagas. En dos semanas no sabrás dónde va cada cosa y volverás a dejarlo todo tirado en el escritorio.

Lo que a mí me funciona son carpetas por área de mi vida, no por tipo de documento. Un proyecto es una carpeta. Un área que sigo a lo largo del tiempo es otra carpeta. Y dentro, archivos por tema.

Lo importante no es el árbol perfecto. Es que cada carpeta tenga un archivo índice que diga qué hay dentro y para qué sirve cada cosa. Ese índice es un mapa: una línea por archivo, con su nombre y una descripción corta. Ni resúmenes largos ni contenido. Un mapa.

Con eso, cuando le pides algo, lo primero que hace es leer el índice y saber dónde buscar sin abrir cuarenta archivos.

El archivo de instrucciones: aquí está el 80 por ciento del valor

En la raíz de tu carpeta va un archivo que se llama CLAUDE.md. Lo crea él solo si le das el comando /init, pero lo interesante es lo que le metas después.

Ese archivo se lee entero cada vez que abres una conversación en esa carpeta. Es el manual de tu sistema. Lo que pongas ahí, se cumple siempre.

Qué meto yo:

Qué es este espacio y para qué sirve. Dos párrafos. De qué va todo esto.

Dónde va cada cosa. Reglas explícitas: si aparece algo de tal tema, va a tal archivo. Si es una tarea, va a otro sitio. Esto evita que te vaya preguntando cada vez o, peor, que se invente una carpeta nueva.

Cómo quiero que escriba. Si tus notas son en español con tildes, dilo. Si no quieres que te llene el texto de listas con viñetas, dilo. Si quieres frases cortas, dilo.

Lo que no debe hacer. Esta sección es la más útil y la que menos gente escribe. "No crees archivos nuevos sin preguntar." "No reescribas un documento entero, edita solo lo que cambia." "Cuando actualices un índice, toca solo la línea correspondiente."

Cada vez que te haga algo que no te gusta, en vez de corregirlo en el momento y ya está, escribe la regla en ese archivo. En un mes tienes un asistente que trabaja como tú quieres sin que tengas que repetir nada.

Los tres usos que más rentabilidad me dan

Uno: el diario de trabajo que se escribe solo.

Le voy contando lo que hago según lo hago. "Hoy he cerrado esto, ha salido mal aquello, la conclusión es esta." Él lo apunta con fecha en el archivo que toque.

Lo que gano no es tener un diario. Es que dentro de tres meses puedo preguntarle "¿cómo llegamos a la decisión de hacer X?" y me lo saca de las notas de entonces. Mi memoria de lo que pasó hace tres meses es una reconstrucción. El archivo no.

Dos: destilar cosas largas.

Un documento de cuarenta páginas, la transcripción de una reunión, un contrato. Se lo doy y le pido que me saque lo que me importa a mí, no un resumen genérico: "sácame las obligaciones que asumo yo y las fechas límite". Y que lo deje en un archivo dentro de la carpeta que toque, enlazado desde el índice.

Tres: mantener documentos vivos.

Hay documentos que cambian constantemente: el estado de un proyecto, la lista de decisiones tomadas, el contexto de un cliente. Mantenerlos a mano da pereza y por eso todo el mundo los abandona.

Aquí es donde más se nota. Le sueltas la novedad en una frase y él actualiza el documento, respeta el formato y no rompe nada de lo que ya había. El coste de mantener el documento baja tanto que dejas de abandonarlo.

Cómo hablarle para que esto funcione

Tres cosas que cambian el resultado más que cualquier técnica de prompts:

Dile dónde está la información. "Lee el índice de tal carpeta y luego hazme X" funciona diez veces mejor que "hazme X". No adivina lo que no ha leído.

Pídele que te diga qué va a hacer antes de hacerlo. Sobre todo al principio. "Antes de escribir nada, dime qué archivos vas a tocar y qué vas a cambiar en cada uno." Así cazas los malentendidos antes de que te reescriba media carpeta.

Habla en español normal. No hace falta ningún formato especial. Le dices lo que quieres como se lo dirías a alguien competente que acaba de entrar a trabajar contigo. El contexto pesa mucho más que la forma de pedirlo.

Lo que se te va a atascar

Va a reescribir cosas de más. Le pides que cambie una línea y te reordena el documento entero. Se arregla con una regla en el archivo de instrucciones: edición mínima, no reescribir lo que no se ha pedido.

Los archivos que crecen sin control. Un documento que empieza siendo un índice acaba con 200 kilobytes de contenido dentro porque le fuiste añadiendo cosas. Cuando pase, párate y reparte: el índice se queda como mapa y el contenido se va a archivos temáticos. Si no lo haces, cada conversación empieza cargando un mamotreto y va lenta.

El control de versiones. Si el sistema te importa, apréndete lo mínimo de Git para tener histórico. Suena a cosa de programadores y es literalmente un botón de deshacer con memoria infinita. Un día vas a agradecerlo.

La tentación de migrarlo todo el primer día. No traslades diez años de notas de golpe. Empieza con un proyecto vivo, el que estés tocando esta semana. Si el sistema aguanta ese, ya irás moviendo lo demás. Yo conté cómo fue la migración desde Notion a archivos y lo que más me costó no fue mover los datos, fue decidir qué no merecía la pena mover.

¿Y ahora qué?

Empieza pequeño. Una carpeta, un archivo de instrucciones con cuatro reglas y un proyecto de verdad que tengas entre manos.

En dos semanas vas a notar la diferencia con un chat. No porque el modelo sea más listo, que es el mismo. Porque deja de olvidarse de tu vida cada vez que abres una conversación. Es la misma idea que aplico a todo lo demás que le encargo en el día a día: el contexto guardado vale más que el prompt perfecto.

Si quieres montar todo tu trabajo alrededor de un sistema así (documentación, procesos y negocio funcionando con una sola persona al mando), eso es exactamente lo que enseño en Yo SA.

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