Carl Sagan: el hombre que hizo que millones miraran al cielo
Carl Sagan no podía investigar el cosmos y callarse. Necesitaba que todo el mundo lo entendiera. Esa urgencia tiene nombre.
Sagan no se conformó con investigar el cosmos. Necesitaba que el mundo entero lo entendiera. Escribió libros, hizo televisión, diseñó misiones espaciales y peleó contra las pseudociencias. Todo a la vez. Todo con la misma urgencia.
Y cuando digo todo a la vez, no es una forma de hablar.
Mientras trabajaba en el programa Voyager de la NASA, escribía artículos para revistas de divulgación, preparaba los guiones de Cosmos, respondía cartas de fans, debatía con negacionistas en televisión y daba clases en Cornell. En paralelo. Sin que ninguna de esas líneas se detuviera para dejar paso a las demás.
Eso no es productividad. Eso es un cerebro que no sabe funcionar con un solo estímulo.
¿Quién era Carl Sagan más allá de Cosmos?
La mayoría de la gente conoce a Sagan por Cosmos, la serie de televisión de 1980 que vieron más de 500 millones de personas en 60 países. Pero Cosmos fue solo una de las mil cosas que hacía al mismo tiempo.
Era astrónomo en Cornell. Asesor de la NASA desde los años sesenta. Participó en las misiones Mariner, Viking, Voyager y Galileo. Publicó más de 600 artículos científicos. Escribió más de 20 libros. Ganó un Pulitzer con "Los dragones del Edén". Creó la placa dorada del Voyager, ese mensaje que ahora mismo viaja por el espacio interestelar como una botella lanzada al océano cósmico.
Y además de todo eso, se pasaba la vida intentando explicar ciencia a gente que nunca había leído un paper.
Eso último es lo que le hacía diferente de cualquier otro científico de su época. Y probablemente lo que más nos dice sobre cómo funcionaba su cabeza.
¿Por qué Sagan necesitaba que todo el mundo entendiera el universo?
Esta es la pregunta clave. Porque hay muchos científicos brillantes. La historia está llena de investigadores que hicieron descubrimientos monumentales y se quedaron en su laboratorio tranquilamente.
Sagan no podía.
No le bastaba con investigar. Necesitaba contar. Necesitaba salir en televisión, escribir libros accesibles, dar chartas en universidades y colegios, discutir en programas de debate. Sentía una urgencia casi física por hacer que la gente entendiera lo que él veía cuando miraba al cielo.
Sus colegas le criticaban por ello. Le llamaban "showman". Le negaron la entrada en la Academia Nacional de Ciencias en parte porque consideraban que divulgar era rebajarse. Y él siguió haciéndolo. Con más ganas. Como si no pudiera evitarlo.
Porque probablemente no podía.
Esa necesidad de compartir cada idea que te emociona, de no poder guardarte nada, de sentir que si tú lo has entendido el mundo también tiene que entenderlo, es algo que muchos cerebros multitarea conocen de primera mano. No es generosidad intelectual sin más. Es un cerebro que procesa la información con tanta intensidad que retenerla se siente casi como una traición.
La hiperactividad intelectual disfrazada de ambición
Sagan publicaba libros mientras diseñaba experimentos para Marte. Grababa episodios de Cosmos mientras revisaba datos de las sondas Voyager. Escribía ensayos contra la pseudociencia mientras preparaba clases para sus alumnos de astronomía.
No delegaba. No priorizaba una cosa y aparcaba las demás. Las hacía todas. A la vez. Con la misma intensidad.
Sus biógrafos describen a alguien que dormía cuatro o cinco horas, que tenía ideas a las tres de la mañana y llamaba a sus colaboradores para contárselas, que empezaba proyectos nuevos antes de terminar los anteriores, que se aburría mortalmente si solo tenía una cosa entre manos.
Eso tiene un nombre. Varios, de hecho. Pero el que nos interesa es hiperactividad cognitiva.
No es que fuera un genio disciplinado con una agenda perfecta. Era un cerebro que necesitaba estímulo constante y que había encontrado un campo, la ciencia y su divulgación, donde esa necesidad no solo era útil sino que era exactamente lo que el mundo necesitaba.
Como Alexander Graham Bell, que tampoco podía centrarse en un solo invento y por eso acabó cambiando la forma en que nos comunicamos. Los cerebros que no se quedan quietos a veces son los que más lejos llegan. No por disciplina, sino porque no saben parar.
La guerra contra las pseudociencias
Hay un detalle de Sagan que se menciona menos pero que es muy revelador.
Se pasó los últimos años de su vida combatiendo las pseudociencias. Astrología, ovnis, terraplanismo, medicinas milagrosas. Escribió "El mundo y sus demonios" específicamente para eso: para dar herramientas de pensamiento crítico a gente normal.
Y lo hizo con una pasión desproporcionada.
No era un científico que de vez en cuando corregía un error en un artículo. Era alguien que se enfadaba de verdad cuando veía mentiras disfrazadas de ciencia. Que iba a programas de televisión a debatir con astrólogos. Que escribía cartas a periódicos. Que se tomaba cada caso de desinformación como algo personal.
Esa intensidad emocional ante las injusticias, ante las cosas que "están mal", es otro rasgo que suena familiar si conoces el TDAH. La incapacidad de ver algo que te parece incorrecto y simplemente dejarlo pasar. El cerebro se engancha. Y no suelta.
Lo que Sagan nos enseña sin querer
No hay un diagnóstico oficial. Sagan murió en 1996 y nunca se le evaluó públicamente. Pero cuando miras el patrón completo de su vida, lo que ves es un cerebro que funcionaba de una forma muy concreta.
Múltiples proyectos simultáneos que necesitaban estar activos al mismo tiempo. Incapacidad de conformarse con hacer solo una cosa. Urgencia por compartir ideas. Intensidad emocional ante causas que consideraba importantes. Capacidad de hiperfoco brutal cuando un tema le atrapaba. Aburrimiento inmediato cuando algo dejaba de estimularle.
Eso no es ser un genio disciplinado. Eso es un cerebro que funciona a otra velocidad.
Lo que Sagan hizo fue encontrar un entorno donde esa velocidad no solo era tolerable sino necesaria. La ciencia le daba estímulo infinito. La divulgación le daba la posibilidad de compartir ese estímulo. Y la combinación de ambas le convirtió en la persona que hizo que millones de seres humanos levantaran la cabeza y miraran las estrellas por primera vez.
No a pesar de cómo funcionaba su cerebro. Gracias a ello.
Como Steve Jobs, que canalizó la misma intensidad obsesiva en productos que cambiaron el mundo. Los cerebros que no encajan en el molde estándar no son defectuosos. Solo necesitan encontrar el molde correcto.
Y a veces, el molde correcto es el universo entero.
Si alguna vez has sentido que tu cabeza no puede quedarse quieta, que necesitas estar en mil cosas a la vez para sentir que avanzas, que te aburres si solo tienes un proyecto entre manos, puede que no sea un problema. Puede que solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.
Esto es normalización, no diagnóstico. Si reconoces estos patrones en ti, el siguiente paso es un profesional, no un post de blog.
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