Lo que Carl Sagan nos enseña sobre la curiosidad sin freno con TDAH
Carl Sagan no podía quedarse en una sola disciplina. Su curiosidad sin filtro tiene mucho que ver con cómo funciona un cerebro con TDAH.
Carl Sagan quería explicar el universo entero a todo el mundo. No se conformaba con una disciplina, ni con un formato, ni con un público. Su curiosidad no tenía filtro. Y eso tiene un nombre.
No estoy diciendo que Sagan tuviera un diagnóstico. No lo tuvo. Pero su forma de funcionar, de saltar de la astrofísica a la biología, de escribir novelas mientras dirigía investigaciones en la NASA, de pasarse noches enteras redactando cartas a desconocidos que le habían escrito con dudas sobre las estrellas, tiene un patrón que cualquiera con TDAH reconoce al instante.
La curiosidad que no se apaga. La que no respeta horarios, ni departamentos, ni sentido común.
¿Puede un cerebro con TDAH explicar el universo?
Sagan era astrofísico, escritor, divulgador, productor de televisión, asesor de la NASA, novelista y activista. Todo a la vez. No fue pasando de una cosa a otra de forma ordenada. Las hacía en paralelo, a veces el mismo día, a veces en la misma hora.
Escribió más de seiscientas publicaciones científicas. Veinte libros. Participó en misiones espaciales reales. Creó Cosmos, una serie de televisión que vieron quinientos millones de personas en sesenta países. Y entre medias, contestaba cartas de niños de diez años que querían saber si había vida en Marte.
Eso no es un currículum. Es un cerebro que no sabe decir "esto no me toca".
Y lo más llamativo: no le iba mal en ninguna de esas cosas. No era un aficionado saltando de hobby en hobby. Era extraordinariamente bueno en todas. Porque cuando algo le interesaba de verdad, se metía hasta el fondo. Hiperfoco puro. El mismo mecanismo que hace que otros científicos con rasgos similares acaben revolucionando su campo sin darse cuenta.
La curiosidad como motor y como condena
Hay un detalle que siempre me ha llamado la atención de Sagan. Sus colegas le criticaban. Mucho. Le decían que no era un científico serio. Que estaba más pendiente de salir en la tele que de publicar papers de verdad. Que un astrofísico no debería escribir novelas de ciencia ficción. Que un investigador no debería pasarse horas explicando cosas a gente que no sabe nada del tema.
Le rechazaron la entrada a la Academia Nacional de Ciencias. A Carl Sagan. Al tipo que ayudó a la NASA a diseñar los mensajes que viajan en las Voyager por si algún día una civilización extraterrestre los encuentra.
¿Por qué? Porque no encajaba en la caja que le habían asignado.
Eso le sonará familiar a cualquiera con TDAH que haya escuchado alguna vez: "Eres muy listo, pero no te centras". O "tienes mucho potencial, pero te dispersas". O el clásico "si te dedicaras a una sola cosa, llegarías más lejos".
Sagan se dedicó a todo. Y llegó más lejos que la mayoría de los que se dedicaron a una sola cosa.
¿Qué tiene que ver la dispersión con la genialidad?
Mira, no voy a venderte que la dispersión es siempre un superpoder. No lo es. A veces es un desastre. A veces empiezas diecisiete proyectos y no acabas ninguno. A veces tu curiosidad te lleva a un agujero de Wikipedia a las tres de la mañana y al día siguiente no puedes ni funcionar.
Pero lo que Sagan demuestra es que cuando esa curiosidad tiene un canal, cuando hay algo lo suficientemente grande como para absorber toda esa energía sin fondo, pasan cosas que la gente normal no puede ni imaginar.
Cosmos no lo podría haber creado alguien que solo supiera de astrofísica. Necesitaba a alguien que también supiera de historia, de filosofía, de narrativa, de emociones humanas. Alguien que pudiera hablar de la muerte de una estrella y hacer que un albañil en su casa un martes por la noche sintiera algo.
Eso requiere un tipo de cerebro que no respeta fronteras entre disciplinas. Que mezcla cosas que no deberían mezclarse. Que conecta puntos que nadie más ve porque nadie más está mirando en tantos sitios a la vez.
Richard Feynman tenía la misma curiosidad insaciable
El divulgador que no podía callarse
Hay algo que Sagan hacía que la mayoría de científicos brillantes no hacen: explicar. No podía no hacerlo. No era una decisión estratégica ni un movimiento de carrera. Era una necesidad. Veía algo fascinante y necesitaba contárselo a alguien. A quien fuera.
Eso es muy de cerebro inquieto.
La mayoría de la gente puede ver algo interesante y dejarlo estar. "Qué curioso", piensa, y sigue con su vida. Un cerebro con TDAH no funciona así. Un cerebro con TDAH ve algo interesante y necesita compartirlo, masticarlo, darle vueltas, explicarlo en voz alta, escribirlo, discutirlo con alguien a las once de la noche.
Sagan transformó esa necesidad en algo que cambió la cultura científica mundial. Hizo que millones de personas se interesaran por el espacio. No porque les vendiera nada, sino porque su entusiasmo era tan genuino, tan desbordante, tan imposible de contener, que resultaba contagioso.
"Somos polvo de estrellas". Esa frase la escribió alguien que no podía dejar de maravillarse. Y que no podía guardárselo para sí mismo.
Lo que Sagan nos deja a los que pensamos demasiado
No todos los curiosos compulsivos acabarán creando una serie de televisión vista por quinientos millones de personas. Obviamente. Pero la lección no es esa.
La lección es que la curiosidad sin freno no es el problema. El problema es no tener un sitio donde ponerla.
Sagan encontró el universo. Literalmente. Un tema lo suficientemente grande como para que su cerebro nunca se aburriera. Y dentro de ese tema, se permitió ser escritor, científico, divulgador, soñador y activista. Todo a la vez. Sin pedir permiso.
Las mentes inquietas que cambiaron la ciencia tienen eso en común. No triunfaron porque aprendieron a quedarse quietas. Triunfaron porque encontraron algo lo suficientemente grande como para canalizar todo lo que llevaban dentro.
Si tu cerebro no para, si tu curiosidad te lleva a sitios que no tienen nada que ver entre sí, si la gente te dice que te dispersas demasiado, puede que el problema no sea tu cerebro. Puede que el problema sea que todavía no has encontrado tu universo.
Si alguna vez te han dicho que piensas demasiado, que saltas de tema en tema, que no te centras, puede que tu cerebro funcione diferente. No peor. Diferente. Y entenderlo cambia todo.
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