Cada enero es un nuevo comienzo que muere en febrero
1 de enero: gym, dieta, madrugar. 15 de febrero: ninguna sobrevive. Tus propósitos de año nuevo no fallan por pereza. Fallan por diseño.
1 de enero: gym, dieta, madrugar, leer, meditar. 15 de febrero: ninguna de las cinco sobrevive. Ni siquiera la de leer, que era la fácil.
Y lo peor no es que fallen. Lo peor es que cada año piensas "este año sí". Con la misma convicción. Con la misma lista. Con el mismo resultado.
Es como esa peli que sabes que tiene un final malo y la vuelves a ver pensando que esta vez el protagonista va a tomar otra decisión. No la toma. Nunca la toma.
¿Por qué tus propósitos de año nuevo nunca sobreviven a febrero?
A ver, vamos a ser honestos un segundo.
Los propósitos de año nuevo tienen un problema de fábrica: nacen del entusiasmo, no de la estrategia. El 1 de enero estás motivado porque la fecha es bonita, el calendario está nuevo, y llevas dos semanas comiendo turrón. Todo parece posible.
Pero la motivación no es gasolina. Es una cerilla. Enciende algo durante un segundo y luego se apaga. Y si lo único que tenías era la cerilla, ahora estás a oscuras con una lista de cinco hábitos nuevos y cero estructura para sostenerlos.
Lo que pasa es que confundimos "querer cambiar" con "poder cambiar". Y no es lo mismo. Para nada.
Querer cambiar es fácil. Es gratis. Lo puedes hacer desde el sofá con una copa de cava el 31 de diciembre. Poder cambiar requiere que tu cerebro coopere. Y tu cerebro no coopera con promesas vagas. Coopera con urgencia, con novedad, con consecuencias. Y "voy a ir al gym tres veces por semana" no tiene ninguna de las tres.
El problema de los cinco hábitos nuevos a la vez
Esto es algo que mucha gente experimenta sin entender por qué le cuesta más que a los demás.
Imagina que llevas toda la vida sin hacer ejercicio. Sin meditar. Sin leer. Sin madrugar. Y el 1 de enero decides hacer las cinco cosas. A la vez. Desde cero.
Es como si alguien que no sabe nadar se tirara a un lago y decidiera que hoy cruza a la otra orilla. No va a cruzar. Va a tragar agua. Y luego va a decir que nadar no es para él.
No es que no puedas. Es que estás intentando hacer cinco cambios simultáneos en un cerebro que ya le costaba mantener uno. Porque así funciona cuando no puedes ser constante aunque quieras. No es falta de ganas. Es que el sistema operativo no procesa tantas tareas nuevas a la vez.
La trampa del 1 de enero
El 1 de enero es la peor fecha para empezar algo. Ya te digo. Y parece una tontería, pero piénsalo.
Todo el mundo empieza el 1 de enero. Lo que significa que el gym está lleno, las apps de meditación tienen cola, y tú estás compitiendo por espacio con 47 millones de personas que tomaron la misma decisión hace 12 horas.
Pero lo peor no es eso. Lo peor es que el 1 de enero viene con una presión invisible: "si no empiezo hoy, he perdido la ventana". Como si el año tuviera una sola puerta de entrada y se cerrara el 2 de enero a las 00:01.
Esa presión hace que arranques con fuerza. Demasiada fuerza. Vas al gym cinco días la primera semana. Meditas 20 minutos sin haber meditado nunca. Lees 50 páginas al día.
Y en dos semanas estás quemado. Porque el ritmo era insostenible y lo sabías. Pero la emoción del "nuevo comienzo" te hizo ignorar que empezar fuerte no es lo mismo que empezar bien.
Lo que realmente funciona es lo contrario de lo que haces en enero
Mira, te lo digo por experiencia.
Lo que funciona no es la gran revolución del 1 de enero. Es el cambio tan pequeño que parece ridículo. Tan pequeño que no te da subidón de dopamina. Tan pequeño que tu cerebro ni siquiera lo registra como un esfuerzo.
Un minuto de lectura. Una flexión. Salir a la calle una vez.
Y sé lo que estás pensando. "Eso no sirve para nada." Claro. Porque tu cerebro quiere el plan épico. Quiere la transformación total. Quiere sentir que está haciendo algo grande.
Pero lo grande no se sostiene. Nunca se sostiene. Se sostiene lo pequeño. Lo que puedes hacer el día que estás cansado, el día que llueve, el día que empiezas y no terminas nada porque no te queda energía para nada.
Febrero no es el enemigo. Enero es la trampa.
El problema no es que febrero llegue y te rinda. El problema es que enero te vendió una versión de ti que no existe. Una versión que hace cinco cosas nuevas desde el día uno, que madruga, que come sano, que lee, que medita. Todo a la vez. Sin fallo. Sin descanso.
Esa persona no existe. Ni siquiera para la gente que no tiene problemas con la constancia.
Y si tu cerebro funciona de una forma que hace que mantener rutinas sea especialmente complicado, si la novedad te engancha y lo repetitivo te aburre, si arrancas fuerte y luego te apagas sin saber por qué, entonces la trampa de enero es doblemente peligrosa. Porque confirma la historia que ya te cuentas: "no puedo mantener nada".
Sí puedes. Pero no con el método de enero.
Puedes con un hábito. Uno solo. Ridículamente pequeño. Sin fecha épica. Sin lista de cinco objetivos. Sin la presión de que "este año sí".
Esto no lo digo como diagnóstico ni como consejo médico, que no me corresponde. Pero si este patrón de arrancar con todo y apagarte en semanas te suena a cada área de tu vida, quizá merezca la pena hablarlo con un profesional. Solo por descartar.
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