Bolaño vs Kerouac: dos escritores que no podían dejar de escribir

Kerouac escribió En el camino en tres semanas. Bolaño escribió 2666 sabiendo que se moría. Dos cerebros que no podían parar aunque quisieran.

Kerouac escribió En el camino en tres semanas sobre un rollo continuo de papel.

Sin párrafos. Sin puntos. Sin parar.

Bolaño escribió 2666 en los últimos años de su vida sabiendo que se estaba muriendo. Sabiendo que el tiempo se acababa. Sabiendo que quizás no llegaría a verla publicada.

Dos escritores separados por décadas, continentes e idiomas. Unidos por un cerebro que no podía dejar de escribir aunque el mundo les dijera que pararan.

¿Qué conecta a Bolaño y Kerouac más allá de la literatura?

La respuesta fácil es el estilo. Ambos rompieron las reglas. Ambos escribían con una urgencia que se notaba en cada página. Ambos tenían esa cualidad de escritura que parece a punto de desbordarse, como si el texto no cupiera del todo en el papel.

Pero el estilo no explica todo.

Lo que conecta a Bolaño y Kerouac no es cómo escribían. Es por qué no podían dejar de hacerlo.

Kerouac no planeó escribir En el camino en tres semanas. No se sentó con un plan de producción tipo "esta semana hago tres capítulos". Lo que pasó fue lo que pasa cuando un cerebro encuentra su canal de salida y no puede cerrarlo: escribió sin parar, pegó los rollos de papel con cinta adhesiva para no tener que cambiarlos y no interrumpir el flujo, y cuando acabó tenía un manuscrito de 37 metros de largo.

Treinta y siete metros.

No es disciplina. La disciplina se puede descansar. Esto es otra cosa.

Bolaño, por su parte, pasó años durmiendo mal, viviendo con una salud deteriorada, publicando poco. No era un escritor de rutinas impecables ni de horarios de oficina. Era el tipo de escritor que de repente se encerraba y producía algo monstruoso. Que tenía proyectos que se ramificaban en otros proyectos. Que a veces no podía escribir nada durante semanas y luego escribía sin parar durante días.

Ese patrón. Esa alternancia entre el bloqueo y la explosión. La hiperfocus seguida del silencio. No es un método de trabajo. Es un cerebro que funciona diferente.

Tres semanas para un clásico, cinco años para una obra monumental

El dato de las tres semanas de Kerouac se repite en todas las biografías como si fuera una anécdota curiosa. Un capricho bohemio. Un exceso de los años cincuenta americanos con sus beatniks y sus anfetaminas y su jazz.

Pero si le cambias el marco, la historia es distinta.

¿Cuántos escritores han intentado escribir una novela en su vida? Millones. ¿Cuántos la terminan? Muy pocos. ¿Cuántos la terminan en tres semanas con una intensidad tal que el libro se convierte en un clásico del siglo XX? Uno.

Y ese uno era alguien que no podía parar. Que cuando el cerebro se activaba, se activaba de verdad. Que el rollo de papel continuo no era un capricho conceptual: era la solución práctica de alguien que no podía permitirse ninguna interrupción porque sabía, instintivamente, que si paraba perdería el hilo y quizás no lo recuperaría.

Bolaño es el otro extremo del mismo patrón. Donde Kerouac concentraba en explosiones cortas y brutales, Bolaño se empleó a fondo en 2666 durante sus últimos años sabiendo que el tiempo se acababa. La enfermedad hepática que lo mató en 2003 llevaba años amenazándole. Y en lugar de frenar, aceleró.

Como escribe Ruben en otro post sobre Bolaño y la prisa de quien sabe que se acaba, hay algo en esa escritura de urgencia que no se explica solo con la motivación. La motivación puede darte un día intenso. No te da cinco años de producción frenética mientras tu cuerpo te falla.

Lo que te da eso es un cerebro que literalmente no puede dejarlo estar.

El problema con "ser disciplinado"

Cuando se habla de escritores productivos, siempre aparece la palabra disciplina. Disciplina, hábitos, rutinas. La imagen del escritor que se sienta todos los días a la misma hora con su café y escribe sus mil palabras y luego se va a pasear.

Kerouac no era eso.

Bolaño no era eso tampoco. Bolaño era alguien que podía pasar temporadas sin escribir apenas nada y luego encerrarse a producir con una intensidad que dejaba agotados a quienes le rodeaban. Que tenía proyectos en paralelo que se multiplicaban. Que en sus últimos años, mientras se deterioraba físicamente, su producción literaria no paraba: 2666, El Tercer Reich, textos, poemas, cuentos.

La disciplina flaquea. La disciplina dice "hoy no" cuando estás enfermo o cuando llueve o cuando simplemente no te apetece.

Lo que tenían Bolaño y Kerouac no flaquea de la misma manera. Tiene sus propias irregularidades, sus propios silencios, sus propios bloqueos. Pero cuando se activa, no hay forma de apagarlo desde fuera.

Si te interesa entender ese patrón de escritura en Bolaño con más detalle, hay un post sobre cómo Bolaño escribía como si le quedaran días que explora exactamente eso.

La madrugada como territorio

Hay otro detalle que une a los dos: los horarios.

Kerouac era conocido por escribir de noche. Bolaño también. No como preferencia estética del artista torturado. Sino como algo más práctico: la noche es cuando el mundo para y el cerebro que no puede dejar de funcionar por fin tiene espacio para trabajar sin interrupciones.

Es el mismo patrón que tienen los escritores que escribían de madrugada. Poe, Kafka, otros. No es romanticismo. Es que un cerebro con dificultades para filtrar estímulos necesita el silencio de las tres de la mañana para poder concentrarse de verdad. De día hay demasiado ruido. De noche, por fin, se puede.

Kerouac escribiendo con el jazz sonando de fondo a horas en que la mayoría dormía. Bolaño en su estudio en Blanes, en una ciudad de la Costa Brava española, con la salud deteriorándose y las páginas acumulándose.

No son personajes románticos. Son cerebros que encontraron el único momento del día en que podían funcionar según sus propios términos.

Evidencia sin diagnóstico

Ni Kerouac ni Bolaño tienen un diagnóstico público de TDAH. Kerouac murió en 1969 y Bolaño en 2003, en épocas donde el diagnóstico en adultos era prácticamente inexistente o estaba enormemente infradiagnosticado.

Pero el patrón está ahí.

La escritura explosiva. La incapacidad de parar cuando el cerebro se activa. La hiperfocus sostenida durante períodos de producción intensa. La alternancia entre silencio y desbordamiento. Los proyectos que se ramifican. Los horarios nocturnos. La urgencia en el texto que se contagia al lector.

Esto no es un diagnóstico retroactivo. Es reconocer un patrón de funcionamiento que tiene un nombre ahora aunque no lo tuviera entonces.

Dos escritores que no podían dejar de escribir aunque el mundo les dijera que pararan. Uno porque era joven y estaba lleno de energía y el jazz y la carretera no le cabían en el pecho. El otro porque el tiempo se acababa y quedaban demasiadas historias por contar.

El mismo cerebro, dos contextos, una misma incapacidad de soltar.

Si reconoces ese patrón en ti, esa dificultad para parar cuando algo te engancha y esa imposibilidad de empezar cuando no te engancha, puede que valga la pena entender cómo funciona tu cerebro.

Hacer el test de TDAH

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