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Lo que Zidane nos enseña sobre la genialidad y el control con TDAH

Zidane era el mejor del mundo cuando controlaba su cerebro. Y el peor cuando no podía. Esa dualidad entre genialidad e impulsividad es puro TDAH.

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Zidane era el mejor del mundo cuando controlaba su cerebro. Y el peor cuando no podía.

Esa dualidad no es una contradicción. Es exactamente lo que pasa cuando tienes un cerebro diferente. El mismo tipo que hacía una ruleta marsellesa que dejaba sentados a tres defensas podía, veinte minutos después, dar un cabezazo a un tío en una final del Mundial. Delante de mil millones de personas.

Y todos pensaron: "¿Cómo puede alguien tan inteligente hacer algo tan estúpido?"

La respuesta es más sencilla de lo que parece. Y tiene mucho menos que ver con la inteligencia de lo que crees.

¿Se puede ser un genio y no poder controlar tu propio cerebro?

Sí. Se puede. De hecho, es más común de lo que piensas.

Zidane no tiene un diagnóstico público de TDAH. Que quede claro. Pero su patrón de comportamiento a lo largo de toda su carrera encaja como un guante con algo que cualquiera que tenga un cerebro diferente reconoce al instante: la dualidad entre el hiperfoco brillante y la impulsividad que te revienta la vida en un segundo.

Piensa en su carrera. Los momentos cumbre de Zidane no eran buenos. Eran sobrenaturales. La volea contra el Bayer Leverkusen en la final de la Champions 2002. El gol de cabeza en la final del Mundial 98. Esos momentos donde parecía que el balón, el tiempo y el espacio existían solo para él.

Eso no es solo talento. Es un cerebro que, cuando se engancha a algo, entra en un estado donde el resto del mundo desaparece. Los que tenemos TDAH lo llamamos hiperfoco. Y cuando se activa en el momento adecuado, es la cosa más poderosa del planeta.

Pero luego está la otra cara.

La expulsión que todo el mundo recuerda

Berlín, 2006. Final del Mundial. Francia contra Italia. Zidane tiene 34 años. Es su último partido como profesional. Está jugando como si tuviera veinte. Ha marcado de penalti. Está siendo el mejor del campo.

Y entonces Materazzi le dice algo.

No sabemos exactamente qué. Se ha especulado con insultos sobre su madre, sobre su hermana. Da igual el contenido. Lo que importa es lo que pasó en el cerebro de Zidane entre el momento en que escuchó esas palabras y el momento en que su frente impactó en el pecho de Materazzi.

Fue un instante.

No hubo deliberación. No hubo un análisis de pros y contras. No hubo una voz interior diciendo "Zizou, tío, es una final del Mundial, quedan diez minutos, no lo hagas". Estímulo, reacción. Sin filtro. Sin freno.

Eso es impulsividad pura. Y no es la primera vez que le pasó. Fue expulsado catorce veces a lo largo de su carrera. Catorce. Un tipo con la elegancia técnica de un bailarín y la cabeza de alguien que no podía parar el impulso cuando la emoción le desbordaba.

¿Por qué esto le suena familiar a tanta gente?

Porque es exactamente lo que vive cualquier persona con un cerebro que funciona así.

No a la escala de una final del Mundial, claro. Pero el patrón es el mismo. Eres la persona más brillante de la sala cuando tu cerebro está enganchado. Y de repente dices algo, haces algo, reaccionas de una forma que no tiene ningún sentido visto desde fuera. Y después te quedas pensando: "¿Por qué he hecho eso? Si yo no soy así."

Sí eres así. Las dos cosas. La genialidad y la explosión. El control absoluto y la pérdida total de control. No son versiones diferentes de ti. Son el mismo cerebro funcionando en condiciones diferentes.

Es lo mismo que le pasa a Simone Biles cuando habla de la presión. La misma cabeza que le permite hacer cosas que ningún otro ser humano puede hacer en una barra de equilibrio es la que un día le dijo "hoy no puedo" en medio de unos Juegos Olímpicos. No es debilidad. Es un cerebro que funciona a una intensidad diferente.

La parte que nadie analiza de Zidane

Todo el mundo habla de la volea o del cabezazo. Genio o bestia. Pero nadie habla de lo que hay en medio.

Nadie habla de los entrenamientos. De la preparación. De cómo un tipo con ese nivel de impulsividad consiguió, durante quince años, ser uno de los mejores jugadores del planeta. Porque eso no se hace solo con talento.

Zidane desarrolló, sin saberlo probablemente, sistemas de regulación que le funcionaban la mayoría del tiempo. Su ritmo de juego era pausado, casi perezoso, hasta que decidía acelerar. No corría sin sentido. Elegía sus momentos. Eso es algo que mucha gente con TDAH aprende a base de golpes: no puedes estar al cien por cien todo el rato, así que eliges cuándo encenderte.

Es parecido a lo que hizo Pollock con su forma de pintar. No intentaba controlar cada pincelada. Creó un sistema donde la intensidad podía fluir sin destruirlo todo. Canalizó el caos en vez de intentar eliminarlo.

Zidane hacía lo mismo en un campo de fútbol. La mayor parte del partido parecía que no estaba. Y de repente, un toque, un giro, una aceleración que dejaba a tres rivales mirándose entre ellos como si hubiera pasado un fantasma.

Eso no es vagancia. Es gestión de energía de alguien que sabe, aunque sea inconscientemente, que no puede mantener la intensidad máxima durante noventa minutos.

Lo que Zidane demuestra sobre el TDAH sin proponérselo

Que la genialidad y la impulsividad no son enemigos. Son vecinos de piso que comparten cerebro. A veces se coordinan y hacen algo hermoso. A veces uno le pega un cabezazo al otro.

Que los sistemas de regulación importan más que la fuerza de voluntad. Zidane no controlaba sus impulsos con disciplina marcial. Los gestionaba con ritmo, con pausas, con elegancia. Y funcionaba. Hasta que no funcionaba. Como todos.

Que una carrera entera no se define por un momento de pérdida de control. Zidane sigue siendo uno de los cinco mejores jugadores de la historia del fútbol. El cabezazo de Berlín es una anécdota. No es su legado. Pero para alguien que vive con esa dualidad, es un recordatorio de que un segundo de impulso puede eclipsar años de brillantez. Y eso es algo que hay que aprender a aceptar. No a evitar, porque evitarlo es imposible. Sino a aceptar.

Y que fracasar en un momento concreto no borra todo lo construido. Walt Disney fue despedido por "falta de imaginación". Zidane perdió una final del Mundial por un cabezazo. Y ambos siguen siendo referentes absolutos en lo suyo. Porque la trayectoria pesa más que el tropezón.

El cerebro de Zidane no era un problema. Era un Ferrari sin ABS. Cuando la carretera estaba despejada, volaba. Cuando había un bache inesperado, el volantazo podía ser catastrófico.

La cuestión no es cambiar el motor. Es aprender a conducir.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro puede ser lo mejor y lo peor que te ha pasado, a veces en el mismo día, quizá no es que tengas un problema. Quizá es que tienes un cerebro que necesita entender cómo funciona.

Hacer el test de TDAH

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