Llevas 3 años sin vacaciones reales, no de las de portátil en la playa
Llevas el portátil a la playa y lo llamas vacaciones. Llevas 3 años sin desconectar de verdad. Tu cerebro TDAH no sabe parar.
"Me voy de vacaciones."
Eso le dijiste a todo el mundo. Y técnicamente era verdad. Cogiste un vuelo. Llegaste a un sitio con playa o montaña o lo que fuera. Te hiciste una foto con la cerveza y el atardecer. La subiste a Instagram. Parecía real.
Pero en la maleta llevabas el portátil. Y el cargador. Y el ratón. Y un adaptador de enchufe por si acaso. Y el teléfono no se puso en modo avión ni un solo segundo. Y a las 7 de la mañana del primer día, mientras todo el mundo dormía, tú ya estabas en la terraza del hotel contestando emails con la excusa de "es que hay buena wifi".
Eso no son vacaciones. Eso es teletrabajar con vistas.
El autoengaño del emprendedor que "descansa"
Tú no descansas. Haces una versión reducida de trabajar y la llamas descanso.
"Solo voy a mirar el email una vez al día." Mentira. Lo miras 14 veces. "Solo voy a contestar lo urgente." Todo te parece urgente. "Solo voy a dedicar una horita por la mañana." La horita se convierte en tres porque has visto un mensaje de un cliente que podría ser un problema y tu cerebro ha decidido que es una emergencia.
Y al final del viaje vuelves más cansado que cuando te fuiste. Porque no has desconectado. Has estado en un estado perpetuo de medio trabajo, medio descanso, que es peor que los dos por separado. Ni has trabajado bien ni has descansado bien.
Es como dormir con la alarma puesta cada 20 minutos. Técnicamente duermes. En la práctica, no.
¿Por qué no podemos parar?
Con TDAH hay un componente que hace esto peor: la culpa.
Cuando paras, tu cerebro no descansa. Se pone a hacer inventario de todo lo que deberías estar haciendo. "Podrías estar avanzando en el curso." "Deberías contestar a ese cliente." "El contenido de la semana que viene no está hecho." Es como tener un contable interno que te pasa una factura de culpabilidad cada vez que te tumbas cinco minutos.
Y encima hay un componente de identidad. Cuando tu negocio eres tú, descansar se siente como abandonar. Si no estoy produciendo, ¿quién soy? Si no estoy trabajando, ¿estoy fallando? Tu negocio no eres tú, pero cuando llevas tres años sin separarte de él, la línea se difumina tanto que ya no sabes dónde está.
Las vacaciones que me cambiaron la cabeza
El año pasado hice algo radical. Radical para mí, que es dejar el portátil en casa y no mirarlo durante cinco días. Radical de verdad. Sin email, sin Slack, sin métricas, sin "solo un momentito".
Los dos primeros días fueron horribles. Me sentía como si me faltara un brazo. Cogía el teléfono sin pensar, lo desbloqueaba, iba a abrir el email, y me acordaba de que lo había desinstalado. Un gesto automático que repetí 200 veces en dos días. Literal.
El tercer día empecé a notar algo raro. Tranquilidad. No la tranquilidad de "estoy en la playa qué bonito". Una tranquilidad interna. Mi cerebro dejó de repasar la lista de tareas. Dejó de anticipar problemas. Empezó a mirar las cosas que tenía delante en vez de las cosas que tenía pendientes.
El cuarto día dormí 10 horas del tirón. No me había pasado en tres años.
El quinto día no quería volver.
Y cuando volví, ¿sabes qué había pasado con mi negocio? Nada. Absolutamente nada. No se había hundido. No se habían ido los clientes. No había pasado ninguna catástrofe. Todo estaba exactamente donde lo había dejado, esperándome con la misma paciencia que tiene un buzón de correo.
Cómo me obligo a desconectar (porque no me sale natural)
No me sale natural. Te lo digo por experiencia. Mi cerebro TDAH necesita estímulos constantes y el trabajo es el estímulo más accesible que tengo. Así que la desconexión tiene que ser una decisión activa, no una consecuencia de estar cansado.
Desinstalo el email del móvil. No lo silencio. Lo desinstalo. Porque si está ahí, voy a abrirlo. La fuerza de voluntad es un recurso finito y el mío se agota a las 9 de la mañana.
Aviso a los clientes con antelación. "Del X al Y no estoy disponible." Así mi cerebro no puede inventar la excusa de "y si alguien necesita algo".
Planeo actividades que me obliguen a no pensar en el negocio. Senderismo, cocinar algo elaborado, visitar un sitio que no conozco. Cosas que requieran atención. Porque si no hago nada, mi cerebro llena el vacío con trabajo.
Y la regla más importante: no compenso antes ni después. No trabajo 14 horas el día antes para "dejar todo preparado". No trabajo 14 horas al volver para "ponerme al día". Vacaciones son vacaciones. El antes y el después son días normales.
Pero la más necesaria.
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