Doy cursos de productividad y perdí las llaves que tenía en la mano
Nadie enseña porque sea perfecto. Enseña porque ha aprendido a bregar con el caos.
Doy cursos de productividad. Tengo TDAH. Ayer perdí 2 horas buscando las llaves que estaban en mi mano.
Así tal cual. Sin exagerar. Dos horas de mi vida, un martes cualquiera, buscando algo que literalmente estaba agarrando.
Busqué en el bolsillo. En la mesa. En el cajón de los trastos, que es donde van a morir las cosas que no tienen sitio pero que algún día "seguro que necesito". Busqué debajo del sofá, que en mi casa es básicamente un portal a otra dimensión donde desaparecen mandos, cables y la dignidad. Y las llaves estaban en mi mano izquierda.
Todo el rato. Mientras yo buscaba con la derecha como un detective resolviendo un caso que él mismo había creado.
Y ahí viene el momento. Ese en el que te miras al espejo y piensas: "Tío, tú das cursos de productividad. Tú le dices a la gente cómo organizarse la vida. Y no eres capaz de localizar un objeto que está en contacto físico con tu cuerpo."
Pues sí.
Pero es que esto funciona exactamente igual en todas partes. El fontanero tiene un grifo que lleva goteando desde marzo y no lo arregla. Llegas a su casa y suena plic, plic, plic de fondo mientras te cobra 80 euros por arreglarte el tuyo. El dentista come chuches a las 11 de la noche.
Se pone una serie, abre la bolsa de ositos de gominola, y se los mete mientras piensa en las caries de sus pacientes. El nutricionista pide kebabs los viernes. Con extra de salsa. Y no le tiembla el pulso.
¿Eso les hace peores en lo suyo? No.
Les hace humanos. Y, probablemente, les hace mejores. Porque el que ha tenido que bregar con el problema de verdad, con sus propias manos, sabe cosas que no vienen en ningún libro.
Sabe dónde duele. Sabe dónde fallas. Sabe cuál es la trampa, porque ha caído en ella cuarenta veces.
Yo no doy cursos de productividad porque tenga la vida resuelta. Los doy porque sin sistemas, mi cerebro me lleva a buscar llaves que ya tengo en la mano. Me lleva a perder dos horas en algo que no existía. Me lleva a abrir cuatro pestañas cuando solo necesitaba una. Me lleva a limpiar la cocina entera cuando lo que tenía que hacer era contestar un email.
Y después de muchos años bregando con un cerebro que funciona como le da la gana, he aprendido cosas que funcionan. No en la teoría.
No en un laboratorio. No en un libro de autoayuda con portada bonita. En mi vida real. En mi día a día. Con mi TDAH, con mis llaves en la mano y con el cajón de los trastos abierto.
Si alguna vez te has sentido un desastre pero no has dejado de currar, que sepas una cosa: no estás solo. Y no estás roto. Simplemente tienes un cerebro que necesita un sistema, no un sermón.
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Esto me lo enseñó mi psicóloga y me cambió el día a día. Te lo regalo.