El precio que no defiendes no sirve para nada
No basta con poner un precio alto. Tienes que defenderlo sin disculparte. Y eso es exactamente lo que más le cuesta a un emprendedor con TDAH.
Subí precios. Y la primera vez que alguien me preguntó cuánto costaba mi servicio y le di el número nuevo, noté que me justificaba.
No en voz alta. Pero internamente ya estaba preparando la explicación. El por qué era tan caro. Los motivos. Los argumentos. Como si el precio fuera una acusación que necesitara defensa.
El cliente ni siquiera había dicho nada todavía.
Ese momento me enseñó más sobre pricing que cualquier libro que haya leído sobre el tema. El problema no era el precio. Era que yo mismo no me lo creía del todo. Y eso se transmite. Con el tono. Con las palabras. Con el silencio raro que pones después del número porque no sabes cómo rematar la frase.
¿Por qué es tan difícil defender un precio alto sin disculparse?
Porque defenderlo implica sostener la mirada metafórica del cliente cuando procesa el número. Y eso activa todo el circuito de rechazo que en un cerebro con TDAH es especialmente sensible.
Cuando mandas un presupuesto y esperas respuesta, el silencio se convierte en ruido. Tu cabeza empieza a generar interpretaciones. El cliente está pensando que es demasiado. El cliente está buscando alternativas más baratas. El cliente te va a contestar para negociar a la baja y tú vas a tener que decir que no y esa conversación te da pereza antes de que haya pasado.
Y para evitar todo ese ruido, ofreces el descuento antes de que te lo pidan. O mandas el presupuesto con el número bajo ya desde el principio para que no haya tensión.
Ninguna de las dos opciones funciona. Las dos te cuestan dinero y te posicionan mal.
¿Qué hace la gente que defiende bien sus precios?
Lo más llamativo cuando lo ves en acción es que no hacen nada especial. No usan técnicas de persuasión. No tienen frases preparadas. Simplemente dicen el número, se callan y esperan.
El silencio es la parte que más cuesta. Tu cerebro lo interpreta como tensión. Quiere llenarlo. Y si lo llenas con justificaciones que nadie ha pedido, el cliente empieza a percibir que hay algo que justificar.
Cuando dices el precio y te quedas callado, le estás diciendo al cliente que ese precio es normal. Que no hay nada extraño ahí. Que así es como funciona. Y el cliente, sin otro punto de referencia, tiende a procesarlo como algo normal también.
He comprobado esto varias veces después de doblar precios. Lo que cambió no fue el argumento. Fue que dejé de necesitar tener el argumento.
¿Cuándo está justificado bajar el precio?
Casi nunca cuando el cliente lo pide.
Porque cuando un cliente pide un descuento antes de haber empezado a trabajar juntos, no te está diciendo que no puede pagarlo. Te está diciendo que está probando si pueden conseguirlo más barato. Es una negociación. Y si cedes en la primera ronda sin razón, lo aprenden y lo repiten.
Hay momentos en que tiene sentido ajustar. Cuando hay un volumen real que cambia el cálculo. Cuando es un cliente estratégico y el acceso que te da vale la diferencia. Cuando estás en un momento en que necesitas liquidez a corto plazo y lo sabes.
Pero esos son criterios tuyos. No son reacciones a la presión del cliente.
¿Cómo se practica defender un precio?
Primero, dejando de incluir el desglose detallado que nadie ha pedido. Cuando mandas una propuesta con veinte líneas explicando cada coste, le estás invitando al cliente a cuestionar cada línea. Un precio total con una descripción clara del resultado es más defendible que un presupuesto contable.
Segundo, separando el precio de tu valor como persona. Esto es lo que más cuesta con TDAH. Que el cliente rechace el precio no es que te rechace a ti. Es que ese proyecto no es para ese cliente en ese momento. Y eso es neutral. No es personal.
Cuando lo separo así, defender el precio es mucho más fácil. Porque no estoy defendiendo quién soy. Estoy defendiendo el coste de un servicio específico. Y eso sí se puede defender sin que duela.
Si todavía estás cobrando por hora cuando deberías cobrar por resultado, el problema de defender el precio se multiplica. Porque estás defendiendo tiempo, y el tiempo siempre parece negociable.
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