Perder el dinero de otros es la lección más cara que existe. Y la más callada.

Perder tu propio dinero es duro. Perder el dinero de alguien que confió en ti es otro nivel. Y nadie habla de eso en los posts de fracasos de LinkedIn.

Perder tu propio dinero en un negocio duele.

Pero hay un nivel de dolor específico que muy pocos nombran en público. El de perder el dinero de otra persona. El de tener que llamar a alguien que confió en ti, que puso dinero en lo que tú creías, y decirle que no hay nada que recuperar.

No es lo mismo. Y fingir que es lo mismo es una forma de suavizar algo que merece ser contado en toda su dureza.

¿Qué pasa exactamente cuando pierdes el dinero de otra persona?

Pasan varias cosas a la vez. Y no en el orden que esperarías.

Lo primero no es la culpa. Lo primero es la incredulidad. Una parte de tu cerebro sigue buscando la salida. Sigue creyendo que hay una forma de que esto no sea lo que parece. Que los números tienen un error. Que si miras de nuevo la cuenta verás algo que habías pasado por alto.

No hay nada que hayas pasado por alto. Los números son los números.

Luego viene el momento de contárselo. Y ahí es cuando el peso real aterriza. Porque mientras no lo has dicho en voz alta, existe la ilusión de que todavía es solo tuyo. Cuando lo dices, se vuelve real para otra persona. Y ver la cara de esa persona mientras lo procesa es algo que no se borra fácil.

¿Por qué no se habla de esto en los círculos de emprendimiento?

Porque el fracaso propio tiene una narrativa disponible. "Lo intenté, no funcionó, aprendí, sigo". Esa narrativa existe. Hay libros sobre eso. Hay charlas TED sobre eso. Hay coaches que te ayudan a resignificarlo.

El fracaso con dinero ajeno no tiene esa narrativa. No hay libro que te diga cómo reencuadrar haberle costado dinero a alguien que te quería o que confiaba en ti. No hay charla inspiracional que lo procese bien.

Y como no hay narrativa disponible, no se habla. Y como no se habla, los que lo han vivido creen que son los únicos. Y se quedan solos con algo muy pesado.

Esto lo que nadie cuenta de los fracasos tiene un capítulo que suele ir censurado. El del dinero ajeno.

¿Qué te hace eso a largo plazo?

Dos cosas contrarias que conviven mal.

Te hace más cuidadoso con el dinero de otros. Más honesto sobre lo que puedes prometer y lo que no. Más reticente a aceptar inversión externa si no tienes claridad sobre lo que vas a hacer con ella. Eso es la parte buena. La parte que convierte la experiencia en un filtro útil.

Pero también puede hacer que durante un tiempo evites crecer. Que veas el crecimiento como riesgo de volver a fallarle a alguien. Que prefieras mantenerte en una escala que controlas al cien por cien antes que comprometerte con recursos ajenos otra vez.

Ese conservadurismo tiene sentido emocional. Pero puede limitar el negocio más de lo que el fracaso original lo limitó.

¿Cómo vuelves a confiar en ti mismo para gestionar algo más que tus propios recursos?

No vuelves en un día. Y no vuelves por el proceso de resignificación que te dice el coach.

Vuelves acumulando evidencia de que ahora haces las cosas de otra manera. No diferente por estilo, sino diferente por las razones que antes no existían. Más sistemas de control. Más revisión de números. Más capacidad de decir que no a proyectos que huelen a lo que huele ese que salió mal.

El problema del negocio que depende todo de ti incluye esto. Si eres el único sistema de control, el único cortafuegos, el único que decide cuándo el riesgo es aceptable, el margen de error es tuyo completo. Y eso es mucho peso para un solo cerebro, especialmente si ese cerebro con TDAH tiene tendencia a sobreestimar lo emocionante y subestimar lo técnicamente difícil.

Perder el dinero de otros te cambia. Si lo usas bien, te hace mejor gestor. Si no lo procesas, te paraliza.

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