Oscar Wilde vs Mark Twain: dos genios impulsivos que no podían callarse
Wilde destruyó su vida por no poder callarse. Twain arruinó sus finanzas por no poder parar. Dos cerebros impulsivos, dos formas de estrellarse.
Wilde destruyó su carrera por no saber cerrar la boca. Twain destruyó sus finanzas por no saber cerrar la chequera.
Dos de los escritores más brillantes de la historia. Dos cerebros que funcionaban a toda velocidad. Y los dos compartían algo que nadie supo nombrar en su época: una impulsividad que lo mismo te convierte en leyenda que te deja tirado en la cuneta.
Lo curioso es que si pones a Oscar Wilde y a Mark Twain uno al lado del otro, parecen personajes de galaxias distintas. Uno era un dandy irlandés que se paseaba por Londres con un girasol en la solapa. El otro era un señor de Missouri con un bigote que parecía tener vida propia y que hablaba como si estuviera contando chistes en la barra de un bar.
Pero por dentro, el motor era el mismo.
¿Qué tienen en común Oscar Wilde y Mark Twain más allá de la escritura?
Impulsividad. De la buena y de la mala.
Mark Twain tenía el mismo problema pero en otro formato. Su impulsividad no era verbal, era financiera. Se metía en negocios delirantes cada tres meses. Invertía fortunas en inventos que no funcionaban. Tenía la capacidad de generar más dinero que casi cualquier escritor de su época y de perderlo todo antes de que se secara la tinta del cheque.
Dos cerebros que no sabían frenar. Cada uno a su manera.
¿Por qué Wilde no podía quedarse callado?
Oscar Wilde vivía por y para la conversación. Sus amigos decían que era mejor hablando que escribiendo. Y Wilde escribía obras maestras, así que imagínate el nivel.
El problema es que un cerebro así no distingue entre "esta frase va a hacer reír a toda la mesa" y "esta frase va a hacer que me denuncien". Para Wilde, las dos salían del mismo sitio. Y las dos salían a la misma velocidad: sin revisión, sin pausa, sin ese momento de "espera, igual esto no debería decirlo".
Cuando el Marqués de Queensberry le dejó una tarjeta insultándole, cualquier persona con un mínimo de autocontrol habría mirado para otro lado. Wilde le llevó a juicio. Un juicio que no podía ganar. Que cualquiera con dos dedos de frente le habría dicho que no iniciara. Pero su cerebro ya había decidido. La decisión impulsiva ya estaba tomada antes de que la parte racional pudiera intervenir.
Ese juicio acabó con él en la cárcel. Salió roto. Murió tres años después, a los cuarenta y seis, en un hotel de París sin un duro.
La misma impulsividad que le hacía brillar en un salón fue la que le empujó al precipicio.
¿Cómo arruinó Mark Twain una de las mayores fortunas literarias de la historia?
Ganó cantidades obscenas de dinero con sus libros y conferencias. Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn, conferencias por todo el mundo a salas llenas. Era una máquina de facturar.
Y una máquina de quemar dinero.
Se obsesionó con una máquina tipográfica llamada Paige Compositor. Invirtió el equivalente a millones de dólares actuales en ella. No funcionó nunca. Se metió en una editorial que quebró. Invirtió en inventos de los que cualquier asesor financiero habría salido corriendo.
El patrón es de manual. Un cerebro que busca la novedad, que se engancha con la idea nueva como un crío con un juguete el día de Reyes, que siente la dopamina del "esto va a ser enorme" y no puede resistirse. Y cuando la dopamina baja y la realidad aparece, ya es tarde. El dinero ya está invertido. La decisión ya está tomada.
Twain acabó declarándose en bancarrota. A los sesenta y tantos años, tuvo que salir de gira mundial dando conferencias para pagar deudas. El escritor más famoso de América, recorriendo el mundo no por placer sino porque no le quedaba otra.
¿Dónde está la línea entre genio e impulsividad destructiva?
Esa es la pregunta trampa. Porque no hay línea.
Es el mismo rasgo. La misma velocidad mental que hacía que Wilde soltara frases que doscientos años después seguimos citando, es la que le hizo meterse en un juicio suicida. La misma búsqueda de novedad que hacía que Twain escribiera historias que nadie más podía escribir, es la que le hacía invertir en máquinas que no existían.
No puedes quedarte con la parte bonita y devolver la parte fea. Vienen en el mismo paquete.
Y eso es algo que muchos escritores con cerebros así han vivido a lo largo de la historia. La creatividad explosiva y la impulsividad destructiva son dos caras de la misma moneda. No eliges cuál te toca cada mañana.
Lo que sí puedes elegir es cuánto sabes sobre cómo funciona tu cabeza. Wilde y Twain no tuvieron esa opción. En el siglo XIX nadie iba a decirte "oye, igual tu cerebro funciona diferente y por eso tomas decisiones a lo loco sin pensar en las consecuencias". Te decían que eras excéntrico, o genial, o irresponsable. Dependiendo de si el resultado había salido bien o mal.
Lo que estos dos te enseñan sin querer
Que la impulsividad no es un defecto de carácter. Es un patrón. Y como todo patrón, se puede entender, nombrar y gestionar. No eliminar. Gestionar.
Wilde habría seguido siendo brillante sin meterse en aquel juicio. Twain habría seguido siendo el mejor escritor de América sin invertir en máquinas imposibles. Pero para eso habrían necesitado algo que no existía en su época: un nombre para lo que les pasaba. Un marco para entenderlo.
Hoy ese nombre existe. Y tener un nombre para lo que te pasa no lo arregla todo, pero te da algo que Wilde y Twain nunca tuvieron: la posibilidad de ver venir el impulso antes de que te lleve por delante.
Porque la diferencia entre un genio que se estrella y un genio que sobrevive a su propio cerebro no es el talento.
Es el manual de instrucciones.
Si alguna vez has sentido que tu cerebro va más rápido que tu capacidad de frenar, puede que no sea falta de disciplina. Puede que nadie te haya explicado cómo funciona.
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