No te crees tu propia propuesta aunque sea buenísima
Tu propuesta es buena. Tu producto resuelve un problema real. Y aun así mandas el presupuesto pensando que van a decir que no. Eso tiene nombre.
Has escrito la propuesta. La has revisado tres veces. Has ajustado el precio. Has reescrito la intro. Has cambiado la fuente del PDF (dos veces). Y cuando le das a enviar, sientes un nudo en el estómago como si estuvieras mandando una carta de amor al vacío.
Porque en el fondo no te la crees.
Sabes que está bien. Objetivamente, lo sabes. Tu producto resuelve un problema real. Tu servicio da resultados. Tienes clientes contentos. Tienes testimonios. Tienes prueba de que esto funciona.
Y aun así, cada vez que mandas un presupuesto, una vocecita en tu cabeza dice: "Van a ver que no eres para tanto."
El síndrome del impostor versión emprendedor
No es el típico síndrome del impostor del empleado que piensa que le van a pillar. Es peor. Porque cuando eres empleado, alguien te contrató. Alguien decidió que eres válido. Tienes esa validación externa como colchón.
Cuando emprendes, no hay colchón. Tú eres quien dice que tu producto vale X. Tú eres quien se pone un precio. Tú eres quien se presenta al mundo y dice "soy la persona adecuada para esto". Y cada vez que lo haces, tu cerebro te cuestiona.
"¿De verdad eres un experto? Hay gente que sabe más."
"¿De verdad tu producto vale eso? Hay opciones más baratas."
"¿De verdad alguien va a pagar por lo que tú ofreces?"
Y no puedes callarlo. Porque tu cerebro lleva toda la vida diciéndote que no eres suficiente. No empezó cuando emprendiste. Empezó en el colegio, cuando hacías las cosas diferente y los demás te miraban raro. Se reforzó en la universidad, cuando no podías seguir el ritmo. Y explotó cuando te pusiste a emprender, porque emprender es ponerte delante del mundo y decir "tengo algo que merece tu dinero".
Con TDAH, tu historial de "no llegar a" es largo. No llegar a los deadlines. No llegar a las expectativas. No llegar a acabar lo que empiezas. Y ese historial se convierte en una profecía autocumplida: como tantas veces no has llegado, asumes que esta vez tampoco vas a llegar. Aunque esta vez sí estés llegando.
La propuesta que casi no mando
Hará dos años, más o menos. Tenía que mandar una propuesta a un posible cliente. Era una propuesta buena. El precio era justo. El servicio era exactamente lo que necesitaban. Y me pasé 4 días sin mandarla.
Cuatro días.
Abría el email. Leía la propuesta. Cambiaba una palabra. Bajaba el precio un poco. Lo volvía a subir. Cerraba el email. Abría Instagram. Volvía al email. Lo cerraba otra vez.
Al quinto día, mi novia me vio delante del ordenador con cara de quien está desactivando una bomba y me dijo: "¿Qué haces?" Le enseñé la propuesta. La leyó en 30 segundos. "Está genial. Mándala." Y yo: "Ya, pero es que no sé si el precio..." "Mándala."
La mandé. El cliente aceptó en 2 horas.
Dos horas. Y yo llevaba 4 días paralizado por una vocecita que me decía que no era suficiente. Cuatro días de mi vida tirados a la basura por mi puñetero cerebro.
No necesitas creerlo. Necesitas mandarlo.
Mira, te voy a decir algo que nadie dice en los posts de emprendimiento motivacional: no necesitas creerte tu propuesta para mandarla. De verdad. Puedes mandarla muerto de miedo, con el estómago revuelto y convencido de que van a decir que no. Da igual. Mándala.
Porque la creencia no viene antes de la acción. Viene después. Te crees tu propuesta después de que 5 clientes te digan que sí. Te crees tu precio después de que alguien lo pague sin pestañear. Te crees tu expertise después de que alguien te dé las gracias por resolver un problema que llevaba meses sin solución.
Esperar a creértelo para actuar es esperar a que tu producto sea perfecto para lanzarlo. No va a pasar. La confianza se construye con evidencia. Y la evidencia se genera actuando. No pensando.
El truco más feo del mundo pero que funciona
Cuando tengo que mandar algo y mi cerebro empieza con el "no eres suficiente", hago esto: le pongo un timer de 60 segundos. Si en 60 segundos no encuentro un error real, un error objetivo, algo que está mal de verdad, le doy a enviar.
No un "no sé si el tono está bien". No un "quizás debería añadir algo". No un "me pregunto si será demasiado caro". Esas son opiniones de mi inseguridad, no errores reales.
Un error real es un dato equivocado. Una cifra mal calculada. Un nombre mal escrito. Si no hay ninguno de esos en 60 segundos, fuera. Enviar. Se acabó.
Es un truco feo. No es elegante ni sofisticado. Pero me ha ahorrado docenas de horas de rumiación improductiva y me ha hecho ganar clientes que nunca habría tenido si hubiera esperado a sentirme preparado.
Tu propuesta es buena. Tu precio es justo. Tu producto funciona.
No necesitas creerlo. Necesitas mandarlo.
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