El móvil como cadena del emprendedor

Tienes el móvil en el bolsillo a todas horas. Dices que es por si surge algo. En realidad es porque no sabes qué hacer sin él.

Dejas el móvil en casa olvidado por accidente.

Y la cantidad de ansiedad que genera ese hecho simple, un rectángulo de cristal que no está en tu bolsillo, te dice más sobre tu relación con el trabajo de lo que cualquier libro de productividad podría contarte.

No es que esperes una llamada importante. No es que haya una crisis en marcha. Es que sin el móvil te sientes desconectado de algo que no puedes definir bien pero que se siente urgente aunque no lo sea.

¿Por qué el emprendedor no puede soltar el móvil?

Hay una versión que te cuentas a ti mismo: "es por si surge algo". El cliente que necesita respuesta. La notificación que no puede esperar. El número que cambia y que tienes que ver en tiempo real.

Es parcialmente verdad. Y es completamente una excusa.

Porque si analizas el 95% de lo que miras en el móvil durante el día, nada de eso requería atención inmediata. El email podía esperar dos horas. La métrica que comprobaste tres veces no cambió nada. El hilo de Twitter que leíste mientras esperabas en la cola no tenía ningún valor para el negocio.

Lo que el móvil da no es información crítica. Es estimulación. Constante, de baja intensidad, siempre disponible. Para un cerebro que busca dopamina en cualquier fuente, el móvil es la fuente perfecta. Siempre hay algo nuevo. Siempre hay una cifra que mirar, un comentario que leer, un mensaje que comprobar.

Y eso es exactamente lo que lo convierte en una cadena. No porque el negocio lo requiera, sino porque el cerebro lo pide.

¿Qué cuesta la disponibilidad total?

Lo que cuesta no es el tiempo que pasa mirando el móvil. Es la capacidad de atención que se fragmenta con cada interrupción aunque la interrupción dure diez segundos.

El trabajo profundo, el que realmente mueve el negocio, requiere períodos de concentración sostenida. No media hora de concentración interrumpida cada cinco minutos por una notificación. Media hora real, donde el cerebro puede meterse en el problema, construir el contexto necesario y llegar a conclusiones que no llega en modo fragmentado.

Cada vez que el móvil interrumpe, el coste no es esos diez segundos de interrupción. Es el tiempo que tarda el cerebro en volver al nivel de profundidad que tenía antes. Ese tiempo varía entre varios minutos y nunca, si la sesión se convierte en un ping pong constante entre el trabajo y el teléfono.

El foco como músculo que se entrena no puede desarrollarse en un entorno de interrupción constante. El móvil es exactamente el entorno opuesto a lo que necesitas para hacer el trabajo que importa.

¿Cómo dejas de estar disponible sin que nada se rompa?

Lo primero es comprobar si realmente algo se rompería. No asumir que sí. Comprobarlo.

Apaga las notificaciones durante tres horas. Mira qué pasa. Probablemente nada. Esa nada es la evidencia que tu sistema de alarma necesita para bajar la temperatura.

Lo segundo es separar la disponibilidad real de la disponibilidad performance. Hay situaciones donde estar disponible tiene valor real: un cliente con una incidencia urgente, una persona que depende de ti en ese momento. El resto es teatro. Estar disponible para parecerlo, para sentirte conectado, para calmar la ansiedad de no saber qué pasa.

El proceso que te salva cuando estás mal funciona aquí también. Diseñas el sistema cuando estás bien, en frío, con criterio. No lo negocias en tiempo real cuando el cerebro pide la dosis.

El móvil es una herramienta. Lo que determina si es cadena o palanca es quién decide cuándo se usa.

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