Masking y amistades: la amiga divertida que llora sola en casa

Eres la amiga divertida, la que anima el grupo. Cuando llegas a casa, te derrumbas. El masking en las amistades con TDAH tiene un coste brutal.

Tus amigos te describirían como la persona más sociable que conocen.

Siempre tienes un chiste. Siempre tienes energía para el plan. Siempre estás ahí cuando alguien necesita escucha. Eres de esas personas que hace que la noche sea mejor simplemente estando en ella.

Y lo que no saben es que cuando llegas a casa, a veces tardas tres horas en poder moverte del sofá.

¿Por qué las mujeres con TDAH hacen masking especialmente en las amistades?

Porque las amistades tienen una lógica de reciprocidad que el TDAH pone en peligro constante.

Los amigos esperan cosas de ti. No en plan exigente, en plan humano. Que recuerdes lo que te contaron el mes pasado. Que llegues a la hora. Que contestes los mensajes con una frecuencia razonable. Que estés presente cuando estáis juntos, no mirando hacia la derecha con la cabeza en otra galaxia.

Con TDAH, todo eso requiere esfuerzo activo. No pasa solo.

Recordar los detalles de lo que te cuentan requiere estrategias compensatorias. Llegar a la hora requiere alarmas y estimaciones de tiempo que multiplican el tiempo real por dos. Contestar mensajes requiere un sistema para no dejarlos en limbo entre "lo he leído" y "tengo que contestar". Estar presente requiere frenar activamente el cerebro que quiere ir a cinco sitios a la vez.

Y todo eso, desde fuera, no se ve. Lo que se ve es a alguien que parece natural, espontánea, sin esfuerzo.

Eso es el masking en las amistades. El esfuerzo que no se ve.

El personaje de la amiga divertida

Hay un arquetipo que me describen mucho.

La amiga divertida es una figura que conoces en todos los grupos de amigas. La que rompe los silencios. La que propone planes. La que tiene la historia graciosa justo cuando la conversación decae. La que hace sentir a todo el mundo bien.

Y muchas veces, esa amiga divertida tiene TDAH.

No porque el TDAH te haga gracioso de forma innata (aunque la impulsividad verbal ayuda, a veces demasiado). Sino porque ser el alma del grupo es una estrategia de masking extraordinariamente efectiva.

Cuando eres la que entretiene, nadie te pregunta cómo estás de verdad. Cuando eres la que hace reír, puedes estar fatal por dentro y nadie lo nota. Cuando eres la fuente de energía del grupo, puedes usarla como escudo contra las conversaciones profundas que te agotan porque requieren un tipo de presencia sostenida que tu cerebro no puede mantener durante mucho tiempo.

Es un pacto no declarado: yo os doy un buen rato, y a cambio vosotros no miráis demasiado cerca.

El momento en que llegas a casa

Hay un momento muy concreto que las mujeres con TDAH que hacen masking social describen con mucha consistencia.

Cierras la puerta de tu casa. Y algo se deshace.

No es que te sientas mal necesariamente. Es que el nivel de tensión que llevabas encima durante toda la tarde simplemente se afloja de golpe. Como soltar un abrazo que llevaba horas apretado.

Y entonces, dependiendo de la cantidad de masking que hayas hecho y de cuánto tiempo lleves haciéndolo, puedes sentir cosas muy distintas. Alivio. Agotamiento. Vacío. Tristeza sin causa aparente. Una sensación de "¿quién era esa persona que estaba ahí hace veinte minutos?".

El coste físico del masking

Tu cuerpo sabe lo que está costando. Aunque tu cabeza lo haya normalizado.

El problema de las amistades superficiales

Hay una consecuencia directa del masking en las amistades que se habla muy poco.

Cuando siempre te muestras como la versión divertida y sin problemas, las amistades se quedan en un nivel superficial. No porque tus amigos no quieran más. Sino porque tú nunca has mostrado que hay más.

Y eso crea una soledad peculiar. Estar rodeada de gente que te quiere, pero sentirte sola porque nadie te conoce de verdad.

No es culpa suya. No es culpa tuya. Es el resultado de una estrategia de supervivencia que funcionó demasiado bien.

El proceso de dejar de hacer masking

Esas amistades existen. A veces las tienes y no lo sabes. Porque nunca les has dado la oportunidad de verla.

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Este post es orientativo y no sustituye el diagnóstico ni tratamiento profesional. Si sospechas que tienes TDAH, habla con un psicólogo o psiquiatra especializado en TDAH adulto.

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