Los gastos que nadie te cuenta cuando emprendes

Todo el mundo habla de lo que vas a ganar. Nadie te explica los gastos invisibles que se van comiendo el margen hasta que miras las cuentas y no entiendes.

El primer año de emprender hice más dinero del que había hecho nunca en mi vida. Y al final del año miré la cuenta y no entendía por qué no había más.

Había facturado bien. Había tenido clientes. Había cerrado proyectos que me daban orgullo. Y sin embargo los números no cuadraban con la historia que yo me contaba de lo bien que estaba yendo todo.

Tardé un tiempo en entender que el problema no era lo que ganaba. Era todo lo que se iba sin que yo lo viera venir.

¿Cuánto cuesta en realidad el tiempo que no produces?

Esto es lo primero que nadie te explica. Cuando tienes un trabajo por cuenta ajena, el tiempo que no produces lo paga la empresa. Si estás enfermo, si hay un problema con un cliente que come tres horas de tu día, si tienes una semana de bache: igual te pagan.

Cuando emprendes, el tiempo que no produces no lo paga nadie.

Cada reunión que no lleva a nada. Cada propuesta que mandas y no se convierte en cliente. Cada día que gestionas problemas administrativos. Todo eso tiene un coste real que no aparece en ninguna factura pero que está quitándole horas a los proyectos que sí pagan.

Si cobras por hora y tienes en cuenta solo las horas que facturas, el número suena bien. Si divides lo que has cobrado en el año entre todas las horas que has trabajado, el número es otro. A veces es muy otro.

Lo vi con claridad cuando calculé que cobrar por hora no era ganar dinero. El problema no era la tarifa. Era todo lo que rodeaba a la tarifa.

¿Qué herramientas estás pagando sin usar?

Antes de empezar a llevar un control real de mis gastos recurrentes, tenía suscripciones a cosas que no usaba desde hacía meses.

Una herramienta de diseño que usé tres veces. Una plataforma de automatización que configuré a medias y dejé. Un servicio de email que había cambiado por otro pero no había cancelado. Un software de gestión de proyectos del que me había olvidado completamente.

Todo eso junto no era una fortuna. Pero sumaba. Y lo peor no era el dinero. Lo peor era la sensación de estar pagando por un negocio imaginario que funcionaba perfectamente en mi cabeza pero no en la realidad.

Con el TDAH esto pasa más. Tienes una idea, te suscribes a la herramienta que necesitas para ejecutarla, la idea se va y la suscripción se queda. Y como el cargo mensual no duele lo suficiente como para que tu cerebro lo procese como urgente, pasan meses.

¿Cuánto te está costando no tener un contable desde el principio?

Esto lo he visto en muchos emprendedores con TDAH. Aguantan sin gestor porque parece un gasto. Luego llega la regularización, la multa por no haber presentado algo a tiempo, los intereses, el tiempo perdido intentando entender qué demonios hay que presentar y cuándo.

El gestor no es un gasto. Es el coste de no cometer errores que salen mucho más caros.

Lo mismo pasa con los contratos. Hacer un proyecto sin contrato parece que ahorra tiempo. Hasta que el cliente desaparece y no tienes nada firmado. Ese es un coste invisible que se materializa de golpe y que deja una lección que duele.

¿Dónde se te va el dinero sin que lo veas?

El margen se come a mordiscos pequeños. No a bocados grandes.

La tarjeta del banco que cobra comisiones por operaciones internacionales. El software que cobra en dólares y fluctúa con el cambio. Las horas que le dedicas a arreglar algo que debería haber hecho otra persona. La energía que gastas en un cliente que paga poco y complica mucho.

Nada de esto aparece en la línea de gastos de tu contabilidad. Pero todo tiene un precio.

El negocio que depende solo de ti tiene otro gasto invisible: no puedes enfermarte, no puedes desconectar, no puedes tener una semana mala. Y eso tiene un coste en salud que tarde o temprano aparece en algún sitio.

Los costes invisibles no son un misterio. Son cosas que están ahí desde el principio. Solo hace falta mirarlas.

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