Emprender en pareja es como un matrimonio pero con facturas
Emprender con tu pareja suena romántico. Hasta que el CRM se mezcla con las discusiones de la compra. Así se sobrevive al combo.
Imagínate que coges a la persona que más quieres en el mundo. La persona con la que compartes cama, Netflix y la factura de la luz. Y le dices: "¿Sabes qué? Vamos a montar un negocio juntos".
Suena bien, ¿no? Dos personas que se quieren, se conocen, se complementan. El equipo perfecto.
Ahora imagínate que es miércoles a las 11 de la noche, lleváis 3 horas discutiendo si el precio del curso debería ser 97 o 127 euros, y a las 7 de la mañana tenéis que despertaros y seguir siendo pareja. Y amantes. Y compañeros de piso. Y socios. Todo a la vez. Con la misma persona.
Bienvenido a emprender en pareja.
¿Por qué nadie te avisa?
Los libros de emprendimiento hablan de encontrar un co-founder. De buscar perfiles complementarios. De dividir roles. Pero ninguno te dice qué pasa cuando tu co-founder es la misma persona con la que te peleas por quién saca al perro.
Porque cuando emprendes en pareja, todo se mezcla. La discusión de negocio de las 4 de la tarde se convierte en silencio incómodo en la cena de las 9. El desacuerdo sobre la estrategia de marketing se mezcla con el resentimiento de quién ha fregado los platos. Y un "no estoy de acuerdo con tu decisión de negocio" se siente como un "no confío en ti como persona".
No hay separación. No hay salir de la oficina y desconectar. Porque la oficina es tu salón. Y tu socio está en tu cama.
Las reglas que ojalá alguien me hubiera dicho
No tengo todas las respuestas. Pero después de años viendo a gente emprender en pareja (y de conocer casos de cerca), hay cosas que funcionan y cosas que dinamitan todo.
Lo que funciona: roles claros. No ambiguos. No "los dos hacemos un poco de todo". Uno hace ventas, el otro hace producto. Uno habla con clientes, el otro crea contenido. Si los dos hacéis lo mismo, os vais a pisar. Y cuando te pisa tu pareja, duele más que cuando te pisa un socio al que ves 8 horas al día.
Lo que funciona: horario de negocio. De 9 a 7 somos socios. De 7 en adelante somos pareja. Suena artificial, pero sin esa línea, acabáis hablando de la landing page del producto mientras cenáis sushi un viernes. Y eso no es una cena. Es una reunión con palillos.
Lo que funciona: un acuerdo para discutir. Suena raro, pero funciona. Si no estamos de acuerdo en algo de negocio, lo discutimos con datos. No con "es que tú siempre..." ni con "ya, pero es que yo siento que...". Datos. Números. Hechos. Y si con datos no se resuelve, se vota. Y el del área de competencia tiene voto de calidad.
Lo que dinamita todo
Mezclar feedback profesional con personal. "El copy que has escrito no funciona" no es lo mismo que "nunca haces nada bien". Pero cuando tu socio es tu pareja, el cerebro los procesa igual.
No tener espacio propio. Si emprendéis juntos, trabajáis juntos y vivís juntos, necesitáis espacios separados. Físicos. Aunque sea un rincón con unos cascos. Si no, la convivencia se come el negocio o el negocio se come la convivencia. O ambos.
Evitar las conversaciones difíciles. "No quiero discutir porque luego afecta a la relación". Sí, puede afectar. Pero no discutir y dejar que el resentimiento se acumule afecta más. Mucho más. De las parejas que he visto romper emprendiendo juntos, ninguna rompió por una discusión grande. Todas rompieron por 200 discusiones pequeñas que nunca tuvieron.
¿Y si solo uno emprende?
Esto es otro capítulo entero que no se menciona.
Si tú emprendes y tu pareja no, hay un desfase brutal. Tú estás pensando en tu negocio a las 11 de la noche. Tu pareja quiere ver una serie. Tú hablas de funnels en la comida. Tu pareja quiere hablar de las vacaciones. Tú tienes meses buenos y meses malos. Tu pareja tiene una nómina fija y no entiende por qué estás estresado si "eres tu propio jefe".
La soledad del emprendedor se multiplica cuando ni siquiera tu pareja entiende lo que haces.
No es culpa de nadie. Es que son mundos distintos. Y la única forma de que funcione es comunicar. Mucho. Más de lo que crees necesario. Explicar no solo qué haces, sino por qué te afecta. Por qué un cliente que cancela te arruina la tarde. Por qué un lanzamiento que sale bien te pone eufórico tres días.
Lo que nadie dice en los podcasts
Emprender en pareja puede ser increíble. He visto parejas que han montado negocios brutales juntos. Pero las que funcionan tienen una cosa en común: hablan más de lo que trabajan.
No me refiero a reuniones formales con actas y Notion. Me refiero a conversaciones de "¿cómo estás con esto?" y "¿te estoy agobiando?". Conversaciones que en un socio normal no serían necesarias, pero en una pareja son la diferencia entre crecer juntos y destruirse mutuamente.
Porque al final del día, los negocios se pueden cerrar y abrir otros. La relación no tiene ese botón.
Y emprender ya es un deporte de riesgo. No hace falta que encima le apuestes tu relación si no tienes un plan claro.
Que oye, si funciona, es la leche. Pero si no tienes las reglas claras, es la leche en otro sentido muy distinto.
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