El ego que te protege y el ego que te destruye

El ego del emprendedor no es siempre el villano. A veces es lo que te mantiene en pie. El problema es saber cuándo escucharlo y cuándo mandarlo a callar.

El ego tiene mala prensa. En cualquier podcast de negocios, en cualquier libro de liderazgo, el ego es el antagonista. El que toma malas decisiones. El que no escucha. El que te impide crecer.

Y tiene parte de razón. Pero solo parte.

Porque el ego también es el que te hace levantarte a las siete de la mañana cuando nadie te obliga. El que te dice "esto va a funcionar" cuando todos los datos apuntan a que no. El que te protege de la duda paralizante cuando más lo necesitas.

El problema no es tener ego. El problema es no saber cuándo escucharlo.

¿Qué hace el ego cuando te protege de verdad?

El ego protector funciona como filtro de ruido. Cuando emprendes, el ruido es constante. Hay gente que te dice que no va a funcionar. Hay mercados que te dicen que ya está todo ocupado. Hay momentos en que los números son tan malos que la única opción racional es parar.

Y en esos momentos, un ego calibrado te dice: "sigue". No porque ignore la realidad. Sino porque tiene suficiente confianza en la dirección para atravesar una mala racha sin tirar el proyecto.

El primer lanzamiento que vendió cero necesita ego protector para llegar al segundo. Sin esa convicción de que algo tiene sentido aunque los números digan lo contrario, no habría segundos lanzamientos. Solo primeros fracasos que se abandonan.

El ego protector también te protege del síndrome del impostor. Te dice "tienes derecho a estar aquí" cuando tu cabeza te susurra que eres un fraude. Es la diferencia entre presentarte a una conversación sintiéndote capaz o sintiéndote un intruso que va a ser descubierto en cualquier momento.

¿Y cuándo el ego empieza a destruir en vez de proteger?

Cuando deja de ser un filtro y se convierte en una burbuja.

El ego destructivo no filtra el ruido. Lo bloquea todo. No distingue entre la crítica malintencionada que hay que ignorar y el feedback honesto que hay que escuchar. Trata cualquier cosa que contradiga su narrativa como un ataque, y cualquier ataque como una confirmación de que está amenazado y tiene que defenderse más fuerte.

Lo reconoces porque las conversaciones con el ego destructivo siempre terminan igual: con más razón para seguir haciendo lo mismo. Da igual la información nueva que llegue. El ego destructivo la procesa y la devuelve como confirmación de lo que ya creía.

El momento peligroso es cuando el negocio empieza a ir mal y la respuesta es "el mercado no me entiende" o "los clientes no están listos". Puede ser verdad. Pero si siempre es verdad, nunca tuya, algo está fallando.

¿Cómo distinguir en tiempo real si estás usando el ego protector o el destructivo?

Una pregunta sencilla: ¿qué pasa cuando alguien te dice algo que contradice tu plan?

Si tu primera reacción es curiosidad - "¿por qué piensa eso?, ¿hay algo que no estoy viendo?" - estás en modo ego protector. Tienes suficiente seguridad para recibir información nueva sin amenazarte.

Si tu primera reacción es defensa - "es que no entiende el contexto", "es que lleva poco tiempo en esto", "es que tiene sus propios intereses" - estás en modo ego destructivo. Cada argumento externo se vuelve un ataque que justifica más muralla.

Delegar sin perder el control

¿Se puede entrenar el ego para que proteja más y destruya menos?

Sí, con fricción deliberada.

La única forma de calibrar el ego es exponerlo regularmente a información que lo contradiga y ver qué hace. Buscar las conversaciones difíciles en vez de evitarlas. Pedir feedback a gente que no te debe nada y que tiene incentivos para ser honesta. Medir resultados en vez de confiar en intuiciones sin datos.

El ego bien calibrado no desaparece. Se vuelve útil. Te mantiene en pie cuando las cosas van mal y te deja recibir información cuando las cosas van bien.

El ego mal calibrado, tarde o temprano, te lleva a una decisión que no tiene vuelta atrás. Y entonces ya no importa si eras emprendedor con mucho carácter o solo alguien que no aprendió a escuchar.

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